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El contexto epocal de la modernidad: epoca de cambios y cambio de época

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PRESENTACIÓN

Se denomina como transición a la modernidad a un movimiento de época, una tendencia profunda que a lo largo de una prolongada línea del tiempo, contiene el paso desde una cultura y una sociedad de rasgos tradicionales a una cultura y una sociedad de rasgos modernos.

En el caso de las sociedades latinoamericanas, la transición a la modernidad es un movimiento de época que se origina a mediados del siglo xx (entre las décadas de los años treinta y cuarenta) y que, presumiblemente, debiera prolongarse a lo largo de todo el siglo xxi.

LA MODERNIDAD COMO PARADIGMA

El concepto de transición a la modernidad, asume como premisa el paradigma que afirma que las sociedades históricas desarrollan una larga evolución en el tiempo que va desde una cultura tradicional hacia una cultura moderna y que esa transición se continúa con el paso desde una cultura moderna a una cultura postmoderna.

No se trata de cambios lineales ni automáticos y el paso desde un estadio de desarrollo a otro, tampoco se produce en forma contínua sino que generalmente a través de saltos, retrocesos y aceleraciones del tiempo histórico.

Este concepto macrosociológico asume además que los factores y condicionantes del cambio social varían en cada sociedad y que los agentes del cambio son generalmente elites, minorías avanzadas, segmentos reducidos de la población que integran los cambios en sus actitudes y conductas, induciendose a continuación un efecto multiplicador en el resto de la sociedad.

En la modernidad se asume que el porvenir reemplaza al pasado y racionaliza el juicio de la acción asociada a los hombres. La modernidad es la posibilidad política reflexiva de cambiar las reglas del juego de la vida social. La modernidad es también el conjunto de las condiciones históricas materiales que permiten pensar la emancipación conjunta de las tradiciones, las doctrinas o las ideologías heredadas, y no problematizadas por una cultura tradicional.

En términos generales la modernidad ha sido el resutlado de un vasto transcurso histórico, que presentó tanto elementos de continuidad como de ruptura; esto quiere decir que su formación y consolidación se realizaron a través de un complejo proceso que duró siglos e implicó tanto acumulación de conocimientos, técnicas, riquezas, medios de acción, como la irrupción de elementos nuevos: surgimiento de clases, de ideologías e instituciones que se gestaron, desarrollaron y fueron fortaleciéndose en medio de luchas y confrontaciones en el seno de la sociedad feudal.

Se trata de un proceso de carácter global -de una realidad y características distintas a las precedentes etapas históricas- en la que lo económico, lo social, lo político y lo cultural se interrelacionan, se interpenetran, avanzan a ritmos desiguales hasta terminar por configurar la moderna sociedad burguesa, el capitalismo y una nueva forma de organización política, el Estado-nación.
LA MODERNIDAD EN EL ESPACIO Y EN EL TIEMPO

La modernidad surge en los ahora llamados “países centrales” (Europa occidental y, más tarde, Estados Unidos); luego, con el tiempo, se expande hasta volverse mundial y establecer con los países llamados “periféricos” una relación de dominación, de explotación y de intercambio desigual, donde el centro desempeña el papel activo, impone el modo de producción capitalista  y destruye o integra (pero vaciándolas de su contenido y despojándolas de su significado) las estructuras precapitalistas autóctonas, agrarias y tradicionales.

Este proceso, que atraviesa por divesas etapas, desemboca en la actual generalización del mundo de la mercancía y en la consolidación de los Estados modernos.

En el caso de las sociedades latinoamericanas, se entiende que estas naciones ingresan desde mediados del siglo xx a una modernidad tardía y periférica.

Tres son -a lo menos- los movimientos de época que permiten caracterizar esta transición a la modernidad en las sociedades latinoamericanas: 1º  la transición demográfica; 2º  el cambio del patrón de referencia cultural; 3º el cambio de la matriz socio-política; y 4º la mundialización de los intercambios y flujos de información, de bienes y de personas.

CAMBIA LA MATRIZ POBLACIONAL DE LA SOCIEDAD

Entendemos como transición demográfica a un cambio profundo y prolongado en el tiempo, en la composición de la población de manera que se manifiesta en una lenta y gradual disminución del tamaño de la poblacion infantil y juvenil y, correlativamente, un lento y gradual incremento del segmento de la población constituído por los adultos y ancianos.

Ambos fenómenos se combinan en el tiempo para dar forma a un paulatino envejecimiento de la población.

Los factores societarios que influyen para producir este cambio demográfico son tanto el mejoramiento de las condiciones de salud de la población, el incremento de la esperanza de la vida de las personas, la disminución sostenida de la mortalidad infantil y el cambio de mentalidad de las mujeres, así como el impacto en el tiempo de las políticas de natalidad.


CAMBIA EL PATRON CULTURAL DE REFERENCIA

La sociedad y los individuos se vuelven individualistas, se rompen los lazos de solidaridad y se produce un retorno al individuo como referencia cultural e ideológica.

La modernidad reviste características tales que, sin lugar a dudas, representa una ruptura con respecto a las formas anteriores.

Las formaciones precapitalistas eran sociedades predominantemente agrarias, en las que prevalecía el valor de uso y la economía natural y los objetos producidos eran concretos y variados, concebidos para durar. El hecho de que se tratara de sociedades más bien cerradas, aisladas y con escasas comunicaciones facilitó la formación de culturas muy diversas. Las relaciones sociales eran personales, directas e inmediatas, lo que evidentemente no excluía la explotación y la sujeción, inherentes a toda sociedad estatal, pues se trataba de sociedades jerarquizadas, cuya base de legitimidad política y social era religiosa y el poder sacralizado y absoluto.

El advenimiento del capitalismo significa el momento de ruptura y negación, en el que se privilegia el valor de cambio (mercantil) en detrimento del valor de uso, y la uniformización homogeneizante en menoscabo de la diversidad cultural. Con él surge un cambio del eje de actividades, de sociedades fundamentalmente agrarias a sociedades urbanas; el producto elaborado, al transformarse en mercancía, adquiere una significación abstracta, al mismo tiempo que pierde su condición de objeto durable y variado.

Las relaciones sociales muestran una nueva opacidad debido a la aparición de intermediaciones (desde la mercancía hasta el Estado) que tienden a adquirir una existencia autónoma y en consecuencia a fetichizarse, generando una enajenación económica y política. La base de legitimidad socio-política se fundamenta en la racionalidad; el poder condensado en el Estado se vuelve impersonal y está definido por instituciones y constituciones. De lo concreto se pasa a lo abstracto; de lo transparente a lo opaco; de lo inmediato a lo mediato; de lo diferente y variado a lo homogéneo.

Entramos en el reino del consumo y de la alienación, del exito personal asociado a la tenencia y ostentación de bienes asociados al status y al prestigio del poder económico.  Se produce un deterioro de la conciencia social y cívica anterior y se quiebran la cohesión de las organizaciones y los movimientos sociales masivos, para dar paso a la sociabilidad de los pequeños grupos, de las redes virtuales y de las familias.

Al mismo tiempo, los individuos se refugian en sus identidades y sentidos de pertenencia (A. Maalouf: Les identités muertrières) para precaverse de las tendencias uniformizadoras de la cultura global y para responder al conflicto civilizacional con visiones integradoras y de síntesis (brassage) de imagenes y de culturas.  Es el retorno cultural al terruño, a las raíces, a la comuna, a la región, a la localidad, a la provincia, pero conforme a contenidos y significados surgidos desde las propias identidades locales y no desde los centros comunicacionales externos.


CAMBIA LA MATRIZ SOCIO-POLÍTICA

A su vez asistimos a un cambio en la matriz socio-política, es decir, a una mutación profunda en la forma cómo el Estado se articula con la nación, cómo se realiza la función pública y el servicio público, en el marco de un cambio del propio concepto de Estado en sociedades que se globalizan, en democracias que se amplían y se profundizan, en culturas e identidades que se reafirman en sus demandas y aspiraciones.

En los próximos decenios del siglo XXI, se abre una época de redefiniciones profundas de la función pública y de la gestión pública.

Esta dejará de ser solamente un mercado competitivo de acción pública y de gerenciamiento de los recursos fiscales,  que se enfrenta a las empresas y los proveedores privados o se asocia con éstos en términos dependientes, para convertirse en un servicio de excelencia y de vocación profesional volcado a la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, interesado en la participación de la sociedad civil y el protagonismo de los ciudadanos y sus organizaciones, abierto a la información y  la interlocución con los beneficiarios de las políticas y los programas.

El referente del Estado y de los servicios públicos no pueden seguir siendo las empresas, sino que será la propia calidad, prontitud y contenido social de sus políticas y programas.

Es posible repensar la función pública y la gestión pública a partir -entre otros- del concepto de “calidad social”, para referirnos a “una condición cualitativa compleja del servicio público y de los bienes y servicios que provee, conforme a criterios y parámetros de satisfacción máxima posible, de percepción ciudadana positiva de la respuesta pública y de resolución competente de las demandas y necesidades de los individuos y los grupos”.

Será necesario repensar la noción de eficiencia de la gestión pública, pasando desde un enfoque principista que se centra en la calidad del gasto, en los procesos de implementación, en las exigencias de accountability, para pasar a un concepto y a un enfoque finalista de “eficiencia satisfactoria” o de “eficiencia como experiencia ciudadana”, según el cual “la eficiencia de los servicios, bienes y productos del Estado se mide también -y sobre todo- en términos de parámetros de percepción de satisfacción por parte de los usuarios y beneficiarios finales, entendidos como ciudadanos asociados y movidos por aspiraciones y necesidades y que se adscriben a una cultura, una identidad, una condición social y un territorio de pertenencia”

La lógica de los presupuestos participativos y de las consultas ciudadanas pudiera extenderse hacia diversos segmentos del aparato estatal.  A la desestatización y privatización de los años pasados, se vendrá ciertamente una re-estatización y una ciudadanización de las funciones públicas.

Las naciones y los ciudadanos se vuelven cada vez más individualistas y exigentes frente a un servicio público que se complejiza y se moderniza.

La función pública tiende a hacerse cada vez más profesional, más tecnificada, con crecientes grados de incorporación de las nuevas TICs en la gestión pública, al mismo tiempo que la exigencia ciudadana de transparencia y participación se vuelve mas acuciante.

Manuel Luis Rodríguez U.

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Autor: Manuel Luis Rodríguez U.

Sociólogo, Cientista Político, académico, comunicador.

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