Me pregunto y me sigo interrogando –en estos meses aparentemente convulsionados- sobre los diversos significados de la educación como práctica pedagógica, como experiencia en el aula y como manera de vivir y realizar un compromiso humanista con los niños y los jóvenes.
Creo que las crisis (esas tan temidas y peligrosas crisis) tienen esa potencialidad virtuosa de poner al desnudo las fallas no resueltas, las soluciones parche, las estructuras añejas y las tareas pendientes, para que seamos capaces de cambiar y de incitar los cambios.
No sé si será porque en lo vivido ya llevo como 10 crisis (económicas, sociales, políticas, históricas…) en el cuerpo o por esa insoportable e interminable curiosidad del intelectual y del sociólogo, pero me fascinan las crisis: son momentos cruciales y extraordinarios, son instantes únicos de condensación de muchos malestares, son inéditos cruces de caminos donde convergen carencias, frustraciones y sobre todo, de profundas aspiraciones olvidadas y contenidas, que entran a desbordarse de su cauce “normal” y a subir a la superficie.
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