Deber, lealtad, justicia y libertad: algunos fundamentos de Etica profesional

INTRODUCCION GENERAL

La Etica se nos presenta hoy, como una necesidad acuciante.

Todos los discursos y todas las retóricas, hoy pretenden revestirse de ropajes morales, cuando no moralizantes. Hoy día todos se ocupan y se preocupan de la moral, sobre todo cuando la corrupción aparece a flote en la superficie de la sociedad. Por lo tanto, el tópico de la moral ocupa el interés de los hombres públicos, los empresarios privados y de los artistas, de los religiosos y los laicos, de los creyentes y los no-creyentes, y al mismo tiempo, aparece en filigrana, en la actualidad de la opinión pública.

Los intelectuales también tienen una palabra que decir al respecto.

Este ensayo constituye precisamente una contribución intelectual dirigida a aportar una visión de la problemática ética, desde el punto de partida de cuatro principios y valores: la libertad, el deber, la lealtad y la justicia.  No se trata de una re-escritura de la moral tradicional, sino de una aventura del pensamiento para buscar nuevos horizontes éticos, pensando más en el futuro que en el pasado.

Quienes suscriben las distintas versiones de una moral tradicional e incluso de una moralidad tradicionalista, se apresuran a anunciar la crisis moral de la sociedad, mientras que los epígonos de la modernidad, declaran el triunfo de la moral individual y utilitaria de la que ésta es portadora.

Del mismo modo como la modernidad parece instalarse como una corriente profunda que atraviesa los propios basamentos de la sociedad, así también la ética tradicional ve conmovida sus bases y se enfrenta a interrogantes inéditas.

La modernidad está llegando y parece que va a quedarse entre nosotros.  Pero, ¿qué modernidad estamos edificando?

No es que los valores tradicionales estén en crisis.   Probablemente muchos de los valores que dieron forma a la sociedad tradicional que estamos dejando atrás lentamente, perdurarán en la conciencia moral de las personas.

Lo que sucede es que –en este inicio del siglo XXI- estamos asistiendo a una profunda transformación cultural y societaria.

Somos al mismo tiempo los protagonistas y espectadores de un cambio de época, que junto con dejar atrás las formas tradicionales de pensar, de comportarse y de actuar, se abre a las posibilidades infinitas de una nueva cultura globalizada, abierta, plural, libertaria, plena de dignidad y humanista, o posiblemente estamos entrando en una segunda edad media, caracterizada por el predominio de lo chabacano, lo efímero, lo superficial, por los pensamientos únicos, en síntesis, por la fotocopia del pensamiento original…

La modernidad ha sido portadora de tres principios indisolublemente ligados entre sí: el individuo, la razón y la libertad.

En la modernidad, la razón ha sido definida y asumida como el fundamento intelectual del pensamiento y de la acción.

La razón moderna se sustenta en un individuo que nace libre, y que por lo tanto, busca y lucha por su libertad, mientras construye la libertad del mundo en el que vive; un individuo que nace igual y que por lo tanto,  busca y construye la igualdad entre sus semejantes y con ellos.

Pero al querer hacer su libertad y su igualdad, el ser humano se confronta con las realidades complejas de la opresión y la desigualdad, de las tiranías y las injusticias.  Por eso, busca en su propia conciencia humana, la razón moral que le permita superar los obstáculos de su propia humanidad, de la propia realidad que ha construído y que lo domina.

Desde el punto de vista moral, la modernidad es un mundo de aspiraciones materiales nunca satisfechas; un orden basado en el caos y las desigualdades; un mundo de seres humanos libres y autónomos, pero profundamente solitarios y solos; una cultura de imágenes, de fantasías y de espectáculos virtuales, de héroes individuales y multitudes anónimas; una sociedad de actitudes superficiales, de búsquedas profundas y de satisfacciones efímeras, que proclama buscar grandes utopías y que realiza las peores barbaridades en nombre de ellas; un mundo de individuos libres y racionales, dominados por poderosas maquinarias burocráticas, impersonales y opresivas.

Frente a la moral moderna, este ensayo tiene por objeto sustentar el proyecto ético que afirma que es posible construir una ética de la libertad y la responsabilidad, de la lealtad y del deber: una ética humanista que centre los valores y la exigencia moral en el ser humano; que piense al ser humano desde las complejidades ineludibles de su realidad concreta y en dirección hacia la utopía de su realización plena; una ética que, reconociendo la diversidad cultural se base en la condición humana como referencia primordial y fundamental, para la reflexión moral.

El primer paso de la conciencia moral para liberarse de los obstáculos éticos de la modernidad, supone reconocer que el individuo ahora está solo consigo mismo, frente a la sociedad y a la Historia, frente a su pasado y sobre todo frente a la indeterminación de su futuro, y que en consecuencia, tiene que habérselas con formidables desafíos:

¿Cómo hacer realidad verdaderamente la libertad?

¿Cómo cumplir integral y fielmente con el deber?

¿Cómo ser leal, sin renunciar a los propios valores que le dan sentido a nuestras vidas?

¿ Cómo realizar la justicia, en un mundo dominado por las injusticias?

Este ensayo se propone examinar cuatro valores o principios éticos, desde la perspectiva de su crisis moderna y de su significación moral post-moderna: la libertad, el deber, la lealtad y la justicia.  Cada capítulo presenta en primer lugar, una presentación del problema ético implícito en cada valor, para examinar a continuación, sus aspectos históricos y conceptuales más relevantes.

Una amplia Bibliografía completa el trabajo, con las fuentes utilizadas para su elaboración.

EL DEBER COMO EXIGENCIA MORAL

En esta primera parte se pretende examinar el deber como exigencia moral.  Probablemente una de las mayores dificultades morales con las que se encuentra el ser humano, en su confrontación con la realidad actual en el mundo moderno, es el imperativo del deber.

En este capítulo se examina el problema moral del deber con especial referencia a las personas que desempeñan funciones como profesionales, es decir, al deber profesional.

EL PROBLEMA ETICO DEL DEBER

Para comprender los problemas éticos que serán evocados en esta parte del ensayo, es necesario identificar el momento histórico actual y situarse en la perspectiva global  del proceso de modernización al cual estamos asistiendo.

 Este es el contexto general que explica muchos de los fenómenos morales de la sociedad y la cultura actuales.

La transición hacia la modernidad.

Partimos de la hipótesis que afirma, que la sociedad chilena –así como las demás naciones latinoamericanas- se encuentran en medio de un prolongado proceso de modernización material y cultural, el que representa efectos e impactos variados sobre la vida económica, social, política y cultural de nuestra sociedad. Se trata de una prolongada etapa de transición desde una cultura tradicional (que predominó a lo largo de más de tres siglos de nuestra Historia) hacia una cultura caracterizada por ciertos rasgos modernos.

Esta es -acaso- la tendencia más profunda que se manifiesta en la sociedad chilena, iniciada desde la década de los sesenta del presente siglo y que abarcará –a lo menos- hasta mediados del siglo XXI.

La modernidad es un modo de civilización que se opone y supera a todas las culturas y civilizaciones anteriores, sobre la base de la innovación científica y tecnológica, del dominio de la razón y la primacía del individuo libre, consciente y autónomo.

“Lo moderno” se presenta a sí mismo como una forma racional y pura de autoconsciencia, un modo particular e histórico de vida y una experiencia vital.

La edad moderna se define a sí misma como el imperio de la Razón y de la racionalidad, de la lógica y de la consciencia, que habrían dejado en el pasado –o superado-  la religión, las supersticiones y creencias mágicas, así como las costumbres y modos de vida tradicionales.

Frente al consenso mágico, religioso y simbólico de la sociedad tradicional, la era moderna está marcada por un paradigma cultural y ético que subraya la emergencia y superioridad  del individuo, con su condición de consciencia autónoma, con su psicología alienada y atravesada por permanentes conflictos personales y de identidad, por su interés privado frecuentemente situado por encima del interés general, sujeto que está cada vez más atado a complejas redes de comunicaciones, de organizaciones e instituciones que lo controlan y lo dominan, de manera que intenta buscar su identidad a través de objetos y signos.

La modernidad y en particular las tendencias profundas que llevan hacia ella, desde un punto de vista sociológico, funciona como un prolongado proceso de desestructuración o desarticulación de las relaciones sociales, creencias y valores tradicionales.   La sociedad que avanza a la modernidad, es una sociedad que atraviesa frecuentes crisis de todo orden, mientras se mantienen las viejas instituciones tradicionales que se resisten a desaparecer, y emergen las nuevas instituciones y valores modernos que no terminan de instalarse.

Este es el contenido esencial de la transición desde una cultura tradicional hacia una cultura con rasgos modernos, de manera que se producen a la vez, quiebres y rupturas con lo tradicional, y síntesis y amalgamas entre lo tradicional y lo moderno.

Las ideas motrices de la modernidad, son las ideas de ciencia, progreso y razón.

Desde un punto de vista axiológico, la transición a la modernidad supone necesariamente una serie de crisis valóricas, en la que los patrones morales tradicionales que regían la sociedad y la conducta de los individuos, resultan cuestionados, desacreditados y reemplazados gradualmente por nuevos paradigmas morales.

La sociedad al avanzar hacia la modernidad, deja  tras suyo ciertos valores y asume otros nuevos, transformando así lentamente su propio patrón moral de referencia.

Profesionalización y modernidad.

Uno de los rasgos más distintivos de la modernidad es la creciente profesionalización de las actividades y las tareas.  Es en la sociedad moderna que aparece y se instala, una cierta categoría social llamada de los profesionales.

Los profesionales, desde el punto de vista de la modernidad, son los portadores principales de la ciencia, del progreso y de la razón.

En estas condiciones asistimos a una creciente profesionalización, en el sentido de una incorporación gradual de individuos profesionales en los puestos, roles y jerarquías de responsabilidad en la Administración y en las empresas, en la vida social y política, y en el sentido de una mayor exigencia para que dichas funciones sean desempeñadas conforme a criterios y procedimientos científicos, los que sólo pueden ser asegurados por profesionales.

En tercer elemento hay que agregar aquí: para un importante segmento de los jóvenes en nuestra sociedad, uno de los ideales y el horizonte de aspiraciones más frecuente, es llegar a ser profesional, lo que refleja fuertemente, en qué medida la condición profesional es percibida como asociada a éxito personal, status social y recursos económicos y materiales suficientes.

La sociedad moderna es una sociedad cada vez más dominada, influída, gobernada y controlada por profesionales, y ésta realidad implica necesariamente, junto a un conjunto de derechos para ésta categoría especial de individuos, una serie de deberes, a los que nos referiremos en este texto.

¿Quienes son profesionales?

El tratamiento de “profesional” denota hoy prestigio.

El sentido común de las personas les hace decir que cuando alguien hace bien su trabajo, o realiza alguna obra con calidad, se trata de un profesional. 

El profesional hoy está rodeado de un aura de prestigio, de un clima de atención, respeto, admiración y valoración superior, aunque también los profesionales son más visibles en los medios de comunicación, lo que los deja también más expuestos y sensibles a la crítica.  

Desde una perspectiva sociológica, se define como profesional a una persona que después de una formación superior sistemática y reconocida, desempeña una actividad especializada sujeta a normas y convenciones particulares.

En síntesis, según ésta definición, dos son los rasgos distintivos que identifican a un profesional:

  1. que está dotado de ciertos conocimientos de nivel superior, y que han sido adquiridos a través de una formación también superior y/o universitaria; y
  1. que en virtud de éstos conocimientos, está en condiciones de ejercer una actividad especializada.

Esto quiere decir que no cualquier persona está facultada para recibir la denominación de profesional, sino en particular sólo aquella que ha recibido una formación educacional superior (y/o universitaria) impartida conforme a criterios académicos reconocidos, de manera que dichos conocimientos (de alto nivel, amplitud y profundidad) lo habilitan para realizar una actividad especializada.

La actividad de los profesionales en la sociedad moderna, a su vez, se encuentra sujeta a modalidades claras de control y vigilancia, mediante normas y procedimientos de carácter corporativo, de manera que su transgresión supone sanciones de diverso tipo.

Una condición esencial de la actividad profesional, y de su definición moral, es que siempre los profesionales son responsables desde el propio ejercicio de su profesión, por sus dichos, por sus actos y por sus omisiones.   Quién dice profesión, dice responsabilidad profesional, como se analizará más adelante.

Dadas entonces, las responsabilidades inherentes al ejercicio de una profesión,  cada profesión ha debido recurrir al expediente de formular un código ético, de manera de garantizar que los profesionales sujetos a dichas normas, lo adopten, lo respeten y sean sancionados en caso de transgresión.

Deontología y deber profesional.

 

En las sociedades modernas, los profesionales no pueden actuar a su libre arbitrio o conforme a sus propios criterios personales de actuación, sino que están –de una u otra manera- sujetos a un marco de normas de carácter corporativo, sin perjuicio de las leyes generales que les impone la sociedad.

 

Dentro de éstas normas corporativas, se encuentra la Deontología, que es el conjunto de deberes y derechos que competen a un Profesional, por el sólo mérito de su ejercicio como tal.   La Deontología, funciona entonces, como un código ético explícito, definido por el respectivo Colegio Profesional y que obliga a todos sus integrantes.

 

La Etica del Deber de los profesionales, se sitúa entonces, en la difusa frontera entre dos definiciones morales, aparentemente contradictorias pero objetivamente complementarias: una, la del código deontológico de su propia corporación profesional, y segunda, la de la esfera de su propia conciencia moral.

 

A esta perspectiva axiológica, se refiere en particular esta parte del ensayo.

 

 

 

 

EL VALOR ETICO DEL DEBER: ELEMENTOS PARA UN MARCO TEORICO.

 

 

Frecuentemente se tiende a confundir deber y obligación, como si fueran sinónimos.   De aquí resulta la idea de que alguien debe algo, cuando está obligado a algo.  Pero ésta es una visión restrictiva de la noción de deber.

 

El deber es un valor, y en  cuanto tal, se entiende como algo que reside o en las cosas o en el individuo, y que nos induce y obliga a preferirlo, a estimarlo, a considerarlo positivo.

 

Y en cuanto deber se trata de una cualidad.

 

Además, hay que observar que existe una percepción histórica de la importancia y jerarquía de los valores, y consecuentemente, el valor del deber ha tenido diversas y variadas acepciones a través de la Historia.

 

 

Las dimensiones del deber moral: conciencia y obligación.

 

Si miramos el deber desde el punto de vista moderno o de la modernidad, encontraremos que el deber para los seres humanos modernos, es un deber racionalmente comprendido y realizado. El deber moderno es un deber racional, es decir, dictado por la Razón.

 

El deber es un imperativo que impulsa a la persona a realizar un acto, en cuanto necesidad que emana de dos fuentes: desde su conciencia moral, y desde el marco de normas o leyes que lo obligan desde el exterior de su conciencia.

 

¿Porqué sentimos el impulso del deber?

 

¿Porqué el deber es un bien moral escaso?

 

Todos los seres humanos se guían en sus actitudes y comportamientos, ya sea por la dinámica subjetiva de las sensaciones, las apreciaciones, los prejuicios y las pasiones, ya sea por la dinámica objetiva de sus razonamientos. En este juego complejo subjetivo-objetivo, la idea de deber surge solamente como producto de un aprendizaje, de una experiencia vivencial y de una pedagogía que transmite valores y ejemplos.

 

Por eso, los derechos se aprenden, pero los deberes se enseñan.

 

Los deberes pueden especificarse según su objeto, pero siempre parecen hacer referencia a otros: el deber familiar (en el que existe el deber filial, el deber paternal y el deber maternal), el deber patriótico, el deber religioso, el deber de un cargo, el deber profesional.

 

Sin embargo, no basta con la norma que proviene del exterior.  Hay una dimensión interior y racional, que es la conciencia moral de la cual emana un sentido del deber como impulso motivador espontáneo y autónomo.

 

 Según ésta manera de ver las cosas, el deber puede surgir de la conciencia moral del individuo, como el resultado de la reflexión y la actividad racional de éste, quién toma consciencia de una realidad o de una idea, y se inclina a actuar en consecuencia.

 

En el problema axiológico del deber, se manifiestan las dos dimensiones y significados de la norma moral: por un lado, la postura de la heteronomía moral, que supone que el individuo obra como consecuencia de la socialización exterior de que es objeto, y que por lo tanto, la norma moral le viene desde la sociedad a la que pertenece; y por el otro, la noción de autonomía moral, que afirma que el individuo es capaz de crear sus propios códigos morales, de ser consecuente con sus propias ideas, dichos y creencias, y que por lo tanto posee una conciencia crítica que le impulsa a obrar responsablemente.

 

El deber reside en primer lugar, en la conciencia moral del individuo, y después en la esfera colectiva, o sea, en la conciencia moral de la sociedad, de manera que entendemos la conciencia moral, como la propia conciencia psicológica del individuo, que reflexiona y examina los actos a la luz de ciertos valores o criterios, para decidir lo que debemos hacer.

 

Así, la conciencia es un hecho de la experiencia interior, propia del ser humano como ser moral, que le permite juzgar si las acciones, decisiones y estructuras de la realidad, son buenas o malas.  La conciencia moral se compone de dos elementos, mutuamente relacionados:

 

  1. un elemento psicológico, que es el conocimiento reflejo del propio yo y de los propios actos, y que permite percibir y comprender lo que decimos y hacemos; y

 

  1. un elemento de juicio, que es la capacidad evaluativa que posee el individuo, para reconocer la naturaleza ética de un acto, aprobándolo o rechazándolo.

 

Así, la conciencia moral se constituye en un marco de principios que subyace junto a un conocimiento reflexivo de las propias responsabilidades.  Esta conciencia, obliga por sí misma.

 

Así el deber aún cuando pueda recibir una fuerza imperativa desde el exterior (la ley, la norma tradicional, la costumbre, los códigos profesionales, etc.), tiene mayor valor moral, cuando es la forma consciente y espontánea de la responsabilidad moral.

 

De ésta  manera, la moralidad tiene lugar y se realiza plenamente sólo cuando la acción es realizada por simple respeto al deber y no sólo en cumplimiento de la obligación.

 

Aún así, el deber tiene un aspecto de obligación, al punto que frecuentemente ambos se entienden como sinónimos.

 

Se supone que el deber obliga, es decir, que generan alguna forma de compulsión que fuerza al individuo a realizarlo, pudiendo ser dicha compulsión interior o interna (la propia conciencia moral) o exterior, o sea proveniente de la ley positiva o de otra forma de normativa social.

 

La idea ética de la obligación, puede referirse a una persona o a alguna forma de agrupación de seres humanos, de manera que el deber obliga a todos y cada uno de ellos.

 

La obligación es uno de lo rasgos fundamentales del deber, aunque no el único.

 

Se supone que la obligación moral debe cumplir dos requisitos básicos, para que ejerza imperio sobre la conciencia de la persona, a saber:

 

  1. que los fundamentos de la obligación moral emanen de normas o parámetros éticos aceptados y reconocidos por la sociedad, o por quienes pertenecen al cuerpo corporativo donde se integra el profesional; y

 

  1. que los fundamentos de la obligación moral sean socialmente conocidos como tales- de manera que actúen sobre el conjunto del cuerpo social o del grupo al que pertenece el profesional.

 

Ahora bien, dadas ambas condiciones, la obligación moral adquiere una mayor connotación ética cuando emana espontáneamente de la voluntad  y de la conciencia moral del individuo.

 

 

La conciencia moral del deber.

 

¿Quién nos dice que tal acción es nuestro deber?

 

¿De dónde emana el deber?

 

La obligación moral, como hemos visto, puede provenir de la fuerza de la ley y las normas, o también de las convenciones sociales, lo que supone diversos grados de obligatoriedad.  Pero existe además, la dimensión interior constituída por la conciencia moral de cada uno.

 

Si aceptamos que la conciencia moral es una voz interior, la primera palabra que dice es deber.

 

Y por eso, cuando el individuo está plenamente consciente de sus obligaciones, de su deber, siente en su consciencia –y en su subconsciente- el imperativo obligatorio de la responsabilidad, de la tarea que hay que realizar, de la palabra que debe decir, del gesto y la acción que hay que ejecutar, y cuya satisfacción final será únicamente, la acción cumplida.

 

Lo esencial de la conciencia moral del deber es la intención de obrar conforme a un valor ético.  Esta intención radica exclusivamente en la conciencia del individuo, y sólo es posible medirla, a través del discurso, de las actitudes y de las conductas.

 

El llamado de la conciencia nos dice que debemos decir y actuar, de una determinada manera, y no de otra, por cuanto, arriesgamos la reprobación y el castigo.   Pero, en definitiva, ¿nos comportamos éticamente sólo por temor a la sanción?.   La conciencia moral del deber supone que el individuo cumple con dicho deber, única y exclusivamente por la satisfacción del deber cumplido, más allá de la retribución o del castigo que éste suponga.  Sólo entonces, el deber tiene una fuerza ética propia  y está en condiciones de otorgar autoridad moral.

 

De este modo, la conciencia moral que nos induce a cumplir con el deber, nos dice que en el interior de nuestra esfera de libertad o libre albedrío, somos los seres humanos libres y conscientes quienes decidimos por nosotros mismos, y quienes hacemos del deber una opción racional.

 

La conciencia moral del deber funciona:

 

  1. antes del acto, para determinar si éste se corresponde con el deber que nos obliga, lo que supone apropiarse del deber: de manera que se interroga ¿este es mi deber o no?. Esta es la conciencia moral anterior o antecedente;

 

  1. durante el acto, para juzgar si nuestra conducta es ética o no, de manera de responder a la pregunta: ¿estoy cumpliendo con mi deber?. Esta es la conciencia moral actual o actuante; y

 

  1. después del acto, para evaluar si nuestra acción es reprobable o elogiable, a fin de responder a la interrogante: ¿he cumplido con mi deber o no?. Esta es la conciencia moral posterior o consecuente, y es la responsable de los actos humanos, en la medida en que se refiere directamente a la responsabilidad, al mérito, a la culpabilidad y al arrepentimiento.

 

En estos tres momentos morales, la conciencia del individuo puede actuar como un escrutinio solitario e ineludible, muchas veces anterior al juicio social, y en el que la persona se confronta consigo mismo.

 

 

La responsabilidad moral y el deber.

 

Por otra parte, la conciencia moral del deber contiene un fuerte ingrediente de responsabilidad.   El ejercicio de la responsabilidad es la realización del deber, y como veremos en el capítulo II, el deber profesional es una suma de responsabilidades.

 

Parea entender la responsabilidad moral hay que distinguirla de las otras formas de responsabilidad: jurídica, penal, política.

 

Se dice que una persona es responsable cuando está y se siente obligada a responder de sus propios actos.  Aquí, la responsabilidad se encuentra con la obligación.  Así como el fundamento de la responsabilidad es la libertad de la voluntad, el fundamento de la responsabilidad moral es la libertad moral y la voluntad del individuo, confrontado ante su propia conciencia y ante la conciencia de la sociedad.

 

Todo el edificio conceptual de la responsabilidad moral del individuo, reposa sobre la base de la noción de que el ser humano es un ser racional dotado de dignidad y de libertad, es decir, de una cierta autonomía y capacidad para tomar decisiones, optando entre diversas alternativas.

 

Así, la libertad moral  encuentra su correlato en la responsabilidad moral.

 

Esta responsabilidad implícita en el deber, tiene una dimensión moral denominada imputabilidad.

 

Entendemos como imputabilidad a la condición por la cual se atribuye un determinado efecto a su causa, es decir, se atribuyen los efectos de una acción al sujeto que la realiza o produce.

 

 Esto significa que, en la medida en que el ser humano es un sujeto libre, consciente y racional, dotado de deberes y derechos inherentes a su condición humana, ha de ser plenamente responsable por sus actos y por las consecuencias de sus actos.

 

Se deben distinguir dos formas de imputabilidad:

 

  • la imputabilidad física, que se refiere a un agente físico, concreto, objetivo, y que es siempre externo al individuo en cuestión; y

 

  • la imputabilidad moral, que es atribuir un hecho o su efecto al sujeto que ha ejecutado la acción o que ha tomado la decisión de la acción.

 

La responsabilidad moral es la situación en que se encuentra un individuo, al que se le imputa moralmente los efectos de su conducta, y por la cual tiene que asumir las consecuencias de sus actos, frente a su conciencia y frente a la sociedad, y de la cual puede resultar tanto la sanción moral  como la responsabilidad social y jurídica.

 

En la sociedad moderna, la responsabilidad en general y la responsabilidad moral en particular, tienen diferentes gradaciones según los diferentes tipos de funciones o jerarquías asumidas en la sociedad.  Esta noción de gradación emana del concepto, según el cual existe una relación directa entre autoridad/poder y responsabilidad moral.  Según ésta idea, mientras mayor es el nivel de autoridad, poder y jerarquía que un individuo tiene al interior de una estructura u organización, mayor es el grado de responsabilidad que tiene por sus decisiones, por sus actos y por los efectos y consecuencias (directas e indirectas) de ellos.

 

En la medida en que la responsabilidad es consecuencia del deber y de la imputabilidad moral, y ésta a su vez, es una consecuencia de la libertad moral del individuo, según sea el grado de coacción o de libertad con que el individuo actuó, será determinado el grado de responsabilidad que le afecta.

 

De este modo el acto moral, proviene de una toma de conciencia.  Y el ser humano responde sus actos, porque previamente a la acción, ha medido las consecuencias, ha juzgado las implicancias posteriores y ha tomado una decisión.  En la decisión moral, el ser humano se enfrenta a cuatro condiciones ineludibles:

 

  • que el acto ha de ser bueno en sí mismo;

 

  • que el bien no habrá de obtenerse mediante el mal;

 

  • que lo importante del acto no es la intención, sino sus efectos objetivos;

 

  • que el mal no habrá de buscarse por sí mismo.

 

Frente a las dimensiones objetivas de la responsabilidad moral, pueden existir factores  que la agravan y factores que la atenúan, como se analiza a continuación.

 

  1. La ignorancia. Se considera como ignorancia la falta de conocimiento en una persona que es capaz de adquirirlo.  Existe entonces, la ignorancia invencible que es aquella que no puede objetivamente ser superada, y que por lo tanto, disminuye o elimina la responsabilidad; y la ignorancia vencible que es aquella que puede subsanarse, y que por lo tanto, aunque no anula la responsabilidad, tiende a disminuirla.

 

  1. Las pasiones. Se trata de aquellos estados emocionales fuertes, que contribuyen a distorsionar el raciocinio, el equilibrio y la objetividad de las percepciones.  Cuando estamos en presencia de una pasión espontánea, lo que supone una gran dificultad para controlarla, la responsabilidad pudiera disminuir y eventualmente eliminarla; pero cuando se trata de una pasión consecuente, deliberadamente provocada, fomentada o inducida, la responsabilidad se acrecienta.

 

  1. El miedo. Se trata de un estado emocional de aprehensión frente a un mal o un efecto perjudicial considerado inminente.   El miedo también distorsiona el raciocinio y la lucidez, afecta a la conciencia y se instala en el subconsciente, de manera que aún cuando no anula la responsabilidad, pero la disminuye en virtud de las contradicciones que produce en la voluntad.

 

  1. La fuerza o coerción. Es un poder físico externo que actúa contra la voluntad, haciéndonos actuar en contradicción con nuestros propósitos.   El acto es involuntario si el ser humano niega su consentimiento, y por lo tanto, puede carecer de responsabilidad.

 

Finalmente en éste aspecto, hay que reconocer que la responsabilidad moral frente al deber, se encuentra confrontada con el problema de la intención.  Así, se entiende que la intención es un factor coadyuvante en la determinación de la responsabilidad, de manera que aún cuando no haya la intención manifiesta de provocar un mal o un perjuicio, puede admitirse la probabilidad o la exigencia de prever el efecto causado por las acciones.

 

De aquí se desprende que la persona siempre debe tratar de prever los efectos o consecuencias de sus actos, para que en virtud de su propia conciencia moral, entienda significación de éstos en el futuro y asuma la responsabilidad que le concierne.

 

 

Derechos y deberes.

 

Moralmente, siempre se supone al ser humano como un sujeto de derechos y de deberes.

 

De aquí procede la afirmación que dice que el punto de equilibrio del deber, se encuentra en los derechos de la persona humana.

 

Todo ser humano está dotado de un cierto número de derechos, por el solo hecho de existir, los que tienen su estrecha vinculación con los deberes.

 

Históricamente, la idea del deber proviene desde la filosofía griega y romana clásica, donde Aristóteles, Sócrates y Platón, por una parte, y M.T. Cicerón, por el otro, contribuyeron a dar  fundamento al valor del deber.

 

A su vez, la idea de los derechos del hombre o los derechos humanos, en cuanto un conjunto de principios y libertades debidamente garantizados por el ordenamiento jurídico y político, es relativamente nueva en la sociedad contemporánea.   Ella surgió gradualmente en Inglaterra y en Europa occidental entre los siglos XIII y XVII y sólo se consolidó durante las Revoluciones Norteamericana y Francesa (1776 y 1789), cuando tomaron forma las primeras Declaraciones de los Derechos del Hombre en el mundo moderno.

 

Correlativamente, la formación de los Estados Nacionales hizo posible que, junto con la definición política y jurídica de los Derechos, se establecieran ciertos deberes cívicos: el deber de pagar impuestos y el deber de concurrir por un período bajo las armas, o conscripción, son los principales.

 

Más allá de la dimensión cívica de los deberes, el deber se instala en la conciencia ciudadana como una obligación moral  superior que pudiera constituir la contrapartida natural de los derechos de que cada individuo es acreedor.

 

Sin embargo, es necesario subrayar que en su esencia, el deber cívico y los deberes de cada persona en la sociedad no tienen ninguna relación -formal o de contenido- con los derechos de los que goza en la sociedad moderna.   Por el contrario, hay que reconocer que los derechos del hombre son superiores, trascienden moralmente a la condición ciudadana, y pertenecen a la esencia de la dignidad humana, mientras que los deberes, al ser también superiores, pertenecen a la esfera de la obligación moral que incumbe a todos los seres humanos, sin excepción.

 

 

El deber ser.

 

El deber como entidad valórica se relaciona estrechamente con el deber ser, y para los efectos de este ensayo, lo hemos entendido como una especie de dictado racional de la conciencia, y que se manifiesta como un imperativo moral superior.

 

El deber ser se entiende como algo que no es, pero que es necesario o deseable que sea, por una condición exterior o interior al individuo.

 

Si yo afirmo que un profesional se caracteriza por su condición de excelencia y calidad en su trabajo, esto significa que yo atribuyo al deber ser excelente y responsable un valor de carácter superior.

 

El deber ser es una meta moral que se desea alcanzar o que se debe alcanzar, mediante un largo y prolongado esfuerzo, porque es un bien moral en sí mismo.

 

Distinguimos el deber ser del deber hacer.  Si el deber ser se radica en la esfera ideal o axiológica de la vida humana, el deber hacer  reside en el sujeto, en la medida en que actúa como un imperativo que lo impulsa a actuar, a tomar en sus manos una tarea.

 

Finalmente, hay que observar que el discurso del deber ser tiene una connotación prescriptiva.  Esto quiere decir, que la formulación de los deberes, generalmente se presenta en la forma de una afirmación que prescribe la forma o contenido de una determinada conducta deseable.

 

El deber ser afirma y prescribe, que la persona tiene que reunir ciertas cualidades o valores realizados: debe ser digna, debe ser veraz, debe ser honrada, debe ser justo, etc.

 

A su vez, el deber hacer prescribe y afirma, que la persona tiene que reunir ciertas cualidades o condiciones en su forma de actuar, o sea, lo que debe caracterizar la conducta del individuo: debe actuar en forma responsable, debe tratar de ser eficiente, debe hacer bien su trabajo, etc.

 

 

 

 

LOS DEBERES DEL PROFESIONAL EN LA SOCIEDAD MODERNA.

 

 

Ambito y límites de la responsabilidad profesional.

 

En la definición formulada anteriormente, se proponía la premisa de que uno de los rasgos característicos del profesional consiste en que se trata de una persona cuyos conocimientos científicos superiores, le permiten desarrollar una actividad especializada.

 

La responsabilidad moral de los profesionales, emana entonces de estos dos factores componentes de su condición.

 

En la medida en que ellos están dotados de ciertos conocimientos emanados de la investigación científica, cuya amplitud y profundidad es generalmente reconocida y avalada, los hace mejores conocedores de los problemas, fenómenos y procesos de la vida social, económica, cultural y/o política de la sociedad, así como de las dimensiones objetivas y subjetivas de la realidad humana.

 

Por lo tanto, el profesional es responsable en tanto se supone en él un grado y nivel superior de conocimientos, y es dicha comprensión más amplia de la realidad, la que le asigna una responsabilidad moral.

 

El que sabe más, es más responsable.

 

El que puede más, es más responsable.

 

Pero, existe además, una segunda dimensión de la responsabilidad profesional.

 

Este supuesto afirma que en virtud de sus conocimientos superiores, el profesional está facultado para desempeñar una actividad especializada, respecto de cuya características de desempeño, y de cuyas consecuencias o efectos directos e indirectos es también responsable, tanto por sus acciones como por sus omisiones.

 

La responsabilidad moral del profesional, por lo tanto, se sitúa dentro de los siguientes límites axiológicos generales:

 

  1. el profesional es responsable por sus dichos, por sus actos y por sus omisiones, es decir, por sus no-actos;

 

  1. el profesional es responsable por sus acciones y por las consecuencias o efectos directos e indirectos de sus acciones;

 

  1. el profesional es responsable por la naturaleza y amplitud de sus conocimientos científicos y especializados, así como por el uso práctico e intelectual que hace de dichos conocimientos

 

De estas tres exigencias, emana el significado moral del profesionalismo.

 

El significado moral del profesionalismo.

 

La noción de profesionalismo se corresponde estrechamente con las características de la condición profesional en la sociedad moderna.

 

Desde el punto de vista valórico, se entiende como profesionalismo al conjunto de cualidades de excelencia, que se atribuyen a una persona que ejerce una profesión. 

 

Estas cualidades de excelencia se sitúan en la esfera del deber hacer, en la medida en que lo que se mide y evalúa específicamente son sus conductas o comportamientos, realizados en el marco de su desempeño como profesional.

 

Así, se supone que el profesional:

 

  1. siempre debe obedecer los dictados de su conciencia moral y de su deber ético, como la propia escala y jerarquía de valores que aseguran y garantizan su solvencia y consistencia moral como persona;

 

  1. siempre debe actuar conforme a una independencia de juicio que le permita conocer, evaluar y juzgar en condiciones de objetividad ante los hechos y las personas;

 

  1. siempre debe hacer un esfuerzo por guiar sus decisiones, sus dichos y sus actos por los códigos deontológicos que ordenan el quehacer de su profesión;

 

  1. siempre debe estar dispuesto a asumir –directa y personalmente- sus responsabilidades, frente a aquellas decisiones, dichos, acciones y omisiones suyas, cuya naturaleza controvertida esté comprobada ante sus pares o ante la ley, sin perjuicio y más allá, del juicio moral de la sociedad y de su propia conciencia; y

 

  1. siempre debe buscar en su acción profesional, la mejor calidad y perfección en los servicios y productos que resultan de su trabajo.

 

 

Verdad, veracidad y transparencia.

 

Una de las responsabilidades fundamentales del deber profesional, se refiere a la verdad.  Como consecuencia de su nivel de conocimientos, el profesional se encuentra muy frecuentemente confrontado a los dilemas de la verdad y la transparencia. 

 

La verdad, como se sabe, se refiere a dos  aspectos: para referirse a una cierta proposición, y para referirse a una realidad objetiva.

 

En cuanto enunciado, lo verdadero es aquello que se corresponde con el objeto, o de lo que se habla, y también ha sido entendida como la correspondencia o conformidad entre la mente que piensa y la cosa de la que se habla.

 

De aquí emana entonces, la idea de que la verdad es la más perfecta relación y correspondencia posible entre el enunciado y el objeto o la realidad.  La verdad son los hechos, es la realidad en su más absoluta objetividad, de manera que ella resulta siendo siempre un descubrimiento, un desvelamiento de aquello que estaba oculto, que no estaba claro, que no era transparente.  De esta concepción, la verdad depende de la realidad, y en su búsqueda depende de la perseverancia con que se realiza.

 

No siempre la verdad es conocida o sabida, sino que hay que buscarla, hay que descubrirla, hay que encontrarla y develarla.

 

Pero también hay una dimensión ética de la verdad: hay quienes la han definido como la coincidencia del ser humano consigo mismo, de manera que desde la perspectiva axiológica, el ser humano se caracteriza por ser quién se ocupa en buscar el ser o la verdad de las cosas.

 

En la medida en que el ser humano es un ser consciente, racional y libre, busca la verdad mediante la conciencia, la razón y el responsable ejercicio de su libertad.

 

Aquí, la verdad es la virtud del conocimiento que busca y se apega a los hechos tal cual son, mientras que la veracidad es el apego interior a la verdad en cuanto regla moral permanente.  A su vez, la transparencia puede definirse como la virtud que basándose siempre en los hechos objetivos, reconoce a la verdad como un bien moral público e irrenunciable.

 

La verdad es una exigencia y un deber del profesional, desde dos puntos de vista:  desde el punto de vista de la conciencia moral del profesional; y   desde el punto de vista del bien moral que la verdad es para la sociedad.

 

La verdad es un acto moral del ser humano consigo mismo, es un reflejo de la conciencia del individuo ante la inmensidad y la diversidad de la realidad que lo rodea o lo desafía.  La verdad así, puede ser considerado como un ideal al que siempre el hombre puede responder, para tranquilidad de su conciencia moral.

 

Según ésta perspectiva, el profesional tiene ante sí el deber de la verdad, como resguardo y garantía de su integridad personal y profesional, como primer y último reducto de su conciencia moral.

 

 

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II

 

LAS IMPLICANCIAS ETICAS DE LA LEALTAD

 

 

Este segundo capítulo examina la virtud de la lealtad.

 

Uno de los fundamentos posibles y necesariamente urgentes, para construir relaciones humanas basadas en la confianza, en la transparencia y en la amistad, es la posibilidad que  hagamos de la lealtad uno de los valores centrales de nuestros proyectos éticos.

 

El mundo del presente, y sobre todo, la sociedad del futuro, necesita de ser humanos leales.   Se necesitan individuos que sepan ser leales consigo mismos, con sus amigos y relaciones familiares, con sus cónyuges y parientes, con sus compañeros de trabajo, con las organizaciones e instituciones en las que laboren, o sea, individuos que hagan de la lealtad un valor esencial en sus vidas.

 

Sólo el ser humano que es leal, puede reconocerse libre y justo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PROBLEMA ETICO DE LA LEALTAD

 

 

Uno de los rasgos éticos de las instituciones y organizaciones modernas, reside en el hecho de que se trata de estructuras que construyen en torno suyo un conjunto de creencias, ritos, estilos y retóricas propias y distintivas: se trata de la cultura organizacional o cultura corporativa.

 

A su vez, al interior de esta cultura corporativa, uno de los valores identificatorios  más fuertes  y significativos es el de la lealtad.  Esta resulta ser finalmente, exigida, valorada, solicitada y esperada como una virtud altamente positiva, aún cuando ésta sea entendida como conteniendo otras virtudes y valores, tales como la sinceridad, la fidelidad y la honradez.

 

Del mismo modo, desde el punto de vista pedagógico, en la medida en que sustentamos un proyecto educativo cuyo rasgo distintivo consiste en la incorporación consciente de un marco de valores éticos, de virtudes éticas al proceso de formación educacional y humana de los alumnos, se hace necesario y deseable examinar las dimensiones axiológicas (es decir, en cuanto valor moral) y sociológicas (en cuanto norma moral que se encarna en instituciones y en formas de conducta social) de la lealtad.

 

La lealtad es una  disposición de ánimo y de la voluntad para respetar y otorgar primacía a ciertos valores y virtudes, a ciertos atributos positivos que asignamos y radicamos en las personas y en las instituciones.

 

¿Porqué esperamos y deseamos que las personas sean o aprendan a ser leales?

 

¿Lealtad con quién y con qué?

 

Cuando la lealtad se fundamenta en la libertad y autonomía de la persona, cuando se vincula estrechamente con el apego a la transparencia en cuanto manifestación de la verdad, y cuando reconoce la dignidad esencial e inherente de los seres humanos en cuanto seres humanos, cuando la materializamos en actitudes y conductas positivas y constructivas que favorecen al mismo tiempo a la institución a la que pertenecemos, poniendo en el centro de ella a los seres humanos que le dan vida, entonces, la lealtad se transforma en una fuerza  y una autoridad moral que enriquece el sentido del deber y fortalece la voluntad.

 

Desde otra perspectiva, el mundo moderno o sea el mundo de hoy, necesita encontrar lealtades, y sobre todo, necesita personas leales.  ¿Porqué la lealtad?  ¿Para qué la lealtad?

 

Porque el individualismo del que es portadora la modernidad, ocasiona tantos renuncios, mediocridades y egoísmos, como para hacer deseable que en el mundo del trabajo, de la familia, de las amistades, de la cultura, de la Política, las personas aprendan a  guiarse por ciertas lealtades básicas e irrenunciables que contribuyan a enriquecer sus vidas.  Y para que los hombres de hoy y los seres humanos adultos del futuro, puedan sentir la satisfacción interior de haber dado el ejemplo de la lealtad acaso uno de los principios más firmes y sólidos sobre los cuales se funda la autoridad moral.

 

Este capítulo del ensayo se propone examinar el valor de la lealtad, desde dos ángulos.  Primero, se analizan los aspectos estrictamente éticos o axiológicos de la lealtad, mientras que a continuación se confrontan los significados de la lealtad con otros valores morales de la sociedad moderna.

 

 

ELEMENTOS PARA UNA DEFINICION DE LA LEALTAD.

 

 

El punto de partida para el examen del valor de la lealtad, se encuentra en el sentido de la dignidad esencial de la persona humana.
El ser humano en tanto en cuanto humano, y básicamente por esto, es el sujeto principal de ciertos derechos y deberes que resultan inherentes a su condición, y que la modernidad ha sabido descubrir, descifrar y poner de relieve a partir del siglo de las Luces.  La lealtad o fidelidad, en tanto valor que funda la acción y las relaciones humanas, bien pudiera situarse en el centro de la lógica de la razón y de la libertad que constituye el núcleo duro del paradigma de la modernidad, en la medida en que se trata de encontrar en ella uno de los fundamentos concretos que permitan apoyar la acción moral.

 

Desde esta perspectiva, puede decirse que si el ser humano es el centro de la Historia, el primer punto de arranque de la lealtad es la adhesión o fidelidad irrestricta e irrenunciable del ser humano con el propio ser humano, en cuanto sujeto histórico y en cuanto ser humano integral, como primer paso para construir las demás lealtades.

 

 

Contribuciones para una definición de lealtad

 

En una primera aproximación, puede entenderse la lealtad como la consagración consciente, práctica y completa de una persona a una causa, siempre que dicha causa no sea meramente impersonal.

 

Lealtad es la inclinación voluntaria y consciente de adhesión de un ser humano hacia otro, o hacia un valor que estima y considera superior y respecto del cual se compromete.

 

Por lo tanto, la lealtad es un valor que se asocia con la razón.  Esto implica que el acto de lealtad, siendo un acto espontáneo de la conciencia individual, es un acto que se supone gobernado por la razón y por la voluntad humanas.

 

La razón entonces, no sólo opera como la facultad que propone e impone leyes del pensamiento y leyes a la acción reflexiva, sino que funciona como un orden de las cosas, ya sea dado, ideal o construído progresivamente en el transcurso de la historia.  El ser humano, como centro y sujeto de la razón, construye con ella su historia y sus universos simbólicos al interior de los cuales elabora y despliega sus cualidades y virtudes morales.

 

La lealtad se manifiesta así como una responsabilidad moral ante sí mismo y ante la sociedad a la que pertenece, y como un ejemplo ético que le confiere autoridad y legitimidad.  En la medida en que la persona necesita un sentido de pertenencia y de adhesión con una organización, una creencia o una persona, la lealtad vendría siendo la respuesta espontánea de la conciencia moral a dicha pertenencia.

 

Por eso, puede decirse que la lealtad o fidelidad, es una de las formas más profundas a través de las cuales se realiza la historicidad del ser humano.

 

La lealtad es un principio ético, mediante el cual todas las virtudes morales comunes, en tanto que proyectos y realizaciones humanas, pueden ser consideradas como formas particulares de una lealtad a la lealtad misma.  Esto quiere decir, que el ideal axiológico sería que el individuo sea leal a una causa, a una institución y/o a las personas, más por un apego o adhesión consciente a la lealtad en cuanto valor ético.

 

La lealtad es un impulso y un acto espontáneo de la voluntad, dirigida a la adhesión y la creencia en algo permanente y superior, que se expresa y se traduce en la vida práctica individual y social del individuo.

 

En cuanto valor ético que relaciona a seres humanos con seres humanos, la lealtad se basa principalmente en el principio de la confianza o de la confiabilidad, del mismo modo que la amistad.

 

Quién no es confiable o es considerado como “poco confiable” no puede ser objeto ni sujeto de lealtades, en virtud de que se han perdido o quebrado los fundamentos de  confiabilidad, que aseguran la continuidad normal de  las relaciones humanas.  Las lealtades, que se construyen con el paso del tiempo y con la prueba irrefutable de la experiencia, pueden destruirse en un solo instante de duda, con un solo momento de renunciamiento, de traición o de silencio cómplice.

 

De aquí la dificultad y lentitud, en el proceso de formación de las lealtades.  Ellas son siempre el fruto elaborado y el frágil resultado tras un largo período de tiempo, durante el cual las lealtades se manifiestan y se ponen constantemente a prueba.

 

Desde esta perspectiva, el acto de lealtad refleja una decisión de la voluntad del individuo, para poner un fundamento moral a las relaciones humanas, de manera que éstas se enriquezcan profundizándose y ampliando sus horizontes, e intentando encontrar una identificación entre dos seres humanos, entre un ser humano y una causa o ideal, o entre el individuo y la organización a la que pertenece.

 

Por esto, la lealtad es más profunda que la amistad y más amplia que el sentido de pertenencia.  Ninguna identidad corporativa ni institucional sería posible ni duradera en el tiempo, si los individuos que integran la organización (empresa o institución) no sintieran una identificación voluntaria y espontánea con ella y con los individuos que la componen, no solo tanto a consecuencia de los valores y principios que la estructura encarna, sino sobre todo en cuanto es una creación de seres humanos, en cuanto es una comunidad de seres humanos.

 

La identidad corporativa se basa –en primera y última instancia- en lealtades humanas.

 

La lealtad es el valor que asegura entonces, el reconocimiento de lo permanente y lo durable, es decir, de lo humano, en medio de lo efímero y lo pasajero, frente a lo superficial y lo desechable.

 

Así también la lealtad puede ser entendida como la creencia activa  en la constancia y superioridad de  un valor, o también en cuanto una disposición a atribuir y reconocer en otro ser humano o en una estructura, un valor moral determinado. Por lo tanto, debe radicarse la lealtad en la consciencia moral y si ésta es el sentido innato y humano de la búsqueda del bien y su aplicación a la acción, la lealtad es un bien buscado por la conciencia moral, para ser aplicado en la realidad concreta, en la experiencia cotidiana de las relaciones humanas.

 

 

La lealtad como acto de la conciencia moral.

 

Si la consciencia moral opera como  acción por la cual se interiorizan y personalizan  ciertos valores, la lealtad es acto de consciencia por medio del cual reconozco en el otro ser humano un valor superior al cual yo también adhiero.

 

En la medida en que la conciencia moral es el punto de encuentro y de síntesis, entre una situación que es mía y en la cual me encuentro –aquí y ahora- y que interpela a mi juicio y mi razón, y un valor ético que necesita concretarse, hacerse real, objetivo, la lealtad entonces, es el encuentro entre la realidad humana en la que vivo y el otro ser humano con el que me encuentro.

 

 

Las dimensiones específicas de la lealtad.

 

Sólo se puede ser leal con respecto a algo, de donde proviene que la lealtad no es un valor que acaba en sí mismo, sino que se proyecta a otras dimensiones humanas y morales.

 

Existen así,  entre otras, las siguientes modalidades de lealtad:

 

  1. la lealtad con otros seres humanos;

 

  1. la lealtad con una organización o estructura; y

 

  1. la lealtad con ciertos valores, ideales o creencias.

 

A la lealtad con las personas o con la persona, en tanto ser humano, podremos denominarla lealtad humana, así como se identifica una lealtad institucional para referirnos a  aquella fidelidad que nos une durablemente a una institución, y finalmente, una lealtad valórica o ideal,  que es  la que hace referencia a alguna creencia o significado cultural o moral considerado deseable.

 

Cuando se entiende al ser humano como el centro de la relación humana, la lealtad se construye entre personas, entre seres humanos libres y dotados de dignidad, de derechos y deberes iguales.  La lealtad hace posible entonces, la creencia y confianza mutua, el respeto a la diversidad, y favorece positivamente el diálogo y la comunicación entre las personas.

 

 

 

 

LA LEALTAD FRENTE A OTROS VALORES ETICOS.

 

 

La lealtad con las personas y con las instituciones.

 

La lealtad con las personas parte de la premisa de que los seres humanos constituyen valores vivientes, y por lo tanto, absolutamente superioresPor ello, la fidelidad o lealtad hace posible la realización y cumplimiento de los fines del ser humano, en tanto en cuanto dicha lealtad trasciende la consciencia del individuo aquí y ahora, y se sitúa en el otro.

 

Desde una perspectiva interpersonal, la lealtad es una forma de relación moral entre el yo y el otro.  A través de la lealtad, se establece una relación humana más profunda y más sincera.  Yo soy leal contigo no solamente porque tú eres leal conmigo, es decir, porque ambos somos merecedores de una lealtad, sino sobre todo, soy leal contigo porque a través de mi lealtad estoy expresando mi valoración por ti como ser humano.

 

La lealtad es un acto  que emana de la conciencia moral, por lo que ésta testifica, obliga y juzga.  La deslealtad surge de actos testificados como desleales o no-leales, por lo que el juicio de la conciencia moral opera en dos lugares y en dos momentos: en el autor de la deslealtad y en su destinatario; y antes del acto desleal y después de él.

 

La misma polaridad que pudiera oponer la lealtad con las personas a la lealtad con las instituciones, puede encontrarse en el dilema moral entre la lealtad con la autoridad y la lealtad con los iguales subordinados.

 

Dentro de una organización cualquiera, ¿en quién depositamos nuestra lealtad? ¿En la organización en cuanto tal, o en las personas que la componen?

 

Al interior de la estructura de la organización, ¿en quién radicamos nuestras lealtades básicas? ¿En la autoridad que nos dirige y ordena, o en los compañeros de trabajo, que son nuestros iguales?

 

Desde una perspectiva sociológica y moral, las instituciones permanecen,  y las personas pasan.  La transitoriedad de las personas, sin embargo, supone la permanencia de las instituciones.  Nosotros somos transitorios, pero las instituciones perduran y continúan.  Pero esa transitoriedad, esa fragilidad propia del ser humano, hace que sea en verdad el centro de la vida social e institucional. La esencia de las instituciones -no hay que olvidarlo- son las personas, o sea, el grupo humano que las integra.

 

Hay que subrayar que en la lealtad con las autoridades, con los jefes o con quienes dirigen, subyace nuestro reconocimiento al lugar que ocupan en la estructura jerárquica de la organización, así como al poder y autoridad de que están investidos.  Pero, nunca hay que perder de vista que, en cuanto seres humanos son iguales a nosotros.  Aquí la lealtad con la institución u organización, se materializa y personifica transitoriamente en quienes hoy la dirigen, pero mi lealtad y adhesión no se reduce  a ellos, sino aquí y ahora en cuanto interpretan y personifican a la institución a la que pertenecemos y cuyos valores compartimos.

 

Por lo tanto, desde la perspectiva de la continuidad y permanencia de la institución, después que se vayan sus actuales autoridades o superiores, continuaré siendo leal con la institución, aún cuando mi lealtad se realice a continuación, con quienes les sucedan. Se trata siempre de dos lealtades que se realizan de un modo distinto en el tiempo y en la realidad de las relaciones humanas: lo esencial de las instituciones son los seres humanos que la componen.

 

En determinadas condiciones, la lealtad con las personas prima sobre la lealtad con las instituciones: se trata del dilema moral en el que la significación que tiene la relación inter-personal entre dos o más individuos, es mayor que la valoración que ellos tienen de dicha institución.

 

Aún así, las lealtades personales nunca se construyen sobre la base de la sumisión, la obediencia ciega o alguna forma absoluta de dominación, sino sobre la clara percepción y el sentido del lugar que tiene cada uno en la organización, de manera que las diferentes jerarquías, posiciones y cargos son reconocidas en cuanto expresan el mérito, el  valor moral y las calidades humanas de quienes las ocupan.

 

Yo soy leal contigo, no solamente porque hay una amistad sincera que nos une, sino sobre todo porque ambos nos reconocemos en nuestras virtudes y defectos, en nuestro valor humano único e irrepetible.

 

Esto quiere decir, que la lealtad es siempre un valor mutuo, recíproco.

 

Las lealtades y fidelidades institucionales, se asocian estrechamente  al reconocimiento del valor, importancia, influencia y significación de una entidad, dentro de la sociedad.

 

Los individuos adquieren un sentido de lealtad institucional con una determinada entidad, en la medida en que la reconocen y se sienten reconocidos en ella, en que valoran las oportunidades que ésta les ha dado y en que se sienten legítimamente considerados como parte de la organización.

 

De este modo, el sentido de pertenencia y de adhesión a los principios, normas y códigos de una institución, se asocian –de un modo estrecho e indisoluble-  a una consagración consciente hacia el engrandecimiento de la institución.

 

Hay también aquí, un reconocimiento  explícito al hecho de que las instituciones permanecen y las personas pasan.  Pero, ésta transitoriedad del ser humano dentro de una organización, sólo puede contribuir a fortalecer su fidelidad, su entrega consciente y responsable a la causa institucional, en la medida en que sabe que su ejemplo puede ser seguido por otros, y en que la calidad de su aporte (trabajo, energía, empatía, creatividad) se sitúa por encima de las contingencias y circunstancias.

 

Todos los seres humanos pasan, llegan, se instalan, crecen, se integran, trabajan, aportan, construyen, y después se van.  Las instituciones  permanecen gracias a esta transitoriedad de los individuos y a la estabilidad de sus normas, estructuras, valores y misiones. El valor ético de la lealtad se dirige a ésta dimensión institucional en su aspecto más profundamente humano: aquella que perdura y trasciende en el tiempo.

 

 

La lealtad frente a la verdad.

 

Frente a la ética de la verdad, es decir, de la transparencia, la lealtad se convierte en un valor superior en el que el principio fundamental es el siguiente: yo soy leal contigo y con la institución, en la medida en que ambos reconocemos la verdad, y en la medida en que la verdad preside los actos de las personas.

 

La lealtad no puede fundarse en el engaño, en el ocultamiento de la verdad, en la distorsión de los hechos, en la mentira.  Donde hay mentira, no hay verdad, y donde no hay verdad la lealtad se convierte en complicidad.

 

Frente al valor moral de la verdad, no hay más lealtad superior que la lealtad con la verdad misma.

 

La verdad posee la fuerza de los hechos incontrovertibles.

 

La verdad reposa sobre la voluntad y la razón, que se dirigen al encuentro de la realidad tal cual es, y no como quisieran los deseos, las pasiones o las inclinaciones subjetivas.

 

La verdad es la forma intelectual y racional de la realidad, y la lealtad es una forma de ejercicio de la verdad en las relaciones entre las personas.

 

Yo soy leal contigo, porque soy leal a la verdad.  Y sólo la verdad funda relaciones humanas leales, sinceras y duraderas.

 

Yo soy leal con la institución o la organización, cuando pongo en evidencia  el engaño, cuando denuncio las faltas a la verdad, porque cada vez que se miente es el honor, la imagen y el prestigio de la institución los que están en juego, porque el honor, la imagen y el prestigio siempre se basan y se construyen sobre la base de la verdad, y porque ninguna institución existe ni puede perdurar para servir a la mentira, sino para realizar, entre otros, un bien superior: la verdad.

 

 

La lealtad frente al valor de la probidad y la honradez.

 

Por otra parte, uno de los principios esenciales del deber cívico, es la probidad.

 

La probidad es el respeto de lo ajeno y por lo ajeno, como si fuera propio.

 

Es la valoración superior de la honradez en el uso de los bienes públicos, sociales o colectivos.  Es una manifestación moral de la integridad y la rectitud del ser humano, que se convierte en deber desde que el individuo toma consciencia de su lugar en la sociedad y en el cuerpo político.

 

El principio de la probidad se relaciona con la lealtad, en tanto en cuanto se trata de dos bienes morales deseables en la vida pública, apuntando ambos al ejercicio de la conciencia cívica y el deber cívico.

 

En la esfera de las instituciones modernas, la probidad se vincula estrechamente con la lealtad, por cuanto ambos valores sustentan la continuidad, el prestigio, el honor y la permanencia de las instituciones.

 

Yo soy leal contigo en la medida en que eres probo, en que tu honradez y tu probidad, te hacen merecedor de toda mi lealtad y del orgullo de decirme tu amigo.  Tú eres leal conmigo, en los momentos fáciles y los momentos difíciles, en la medida en que doy pruebas de probidad.

 

Yo soy leal con la institución o la organización, y la ejerzo en plenitud, cuando denuncio los actos de corrupción, los delitos y el uso indebido de los recursos materiales y financieros de ella, porque ninguna institución existe para que sus recursos sean dilapidados.

 

 

 

III

 

EN TORNO A UNA ETICA DE LA JUSTICIA

 

 

Este capítulo tiene por objeto examinar el valor de la justicia, como una virtud individual y socialmente deseable.

 

La vida social, tanto en su dimensión intersubjetiva, como en el de las naciones y las relaciones entre los Estados, se sustenta moralmente en la posibilidad que la justicia se instale en las instituciones, en las normas, en las actitudes y las prácticas de las personas, los grupos, las organizaciones.

 

Por esta misma razón, y como se explica a continuación, se entiende que la justicia es el fundamento moral de la vida política y de la paz entre las naciones.

 

EL PROBLEMA ETICO DE LA JUSTICIA

 

 

El espectáculo de las injusticias y desigualdades que hoy tienen lugar en el mundo moderno, sería capaz de alterar las consciencias más insensibles.

 

El problema ético de la justicia, es la necesidad de buscarla y de realizarla en todas las dimensiones de la vida humana: en el hogar y en la familia, en el trabajo, en las empresas y en las organizaciones, en las relaciones entre hombres y mujeres, en la superación de las profundas inequidades y asimetrías en la distribución de las oportunidades, los accesos, los recursos y las riquezas.

 

Allí donde la consciencia moral se despierta, la injusticia es una forma visible o poco visible de la realidad.

 

 

 

 

LA JUSTICIA EN LA TRADICION DE OCCIDENTE

 

 

En la tradición intelectual y filosófica de Occidente, proveniente desde la Antiguedad griega y latina, la justicia ha sido objeto de un extenso estudio y reflexión.

 

Toda la historia de la filosofía, la historia de las ideas políticas e incluso la evolución del pensamiento económico, se encuentra profundamente atravesada por la cuestión de la justicia y su aplicación.

 

Podría describirse la historia intelectual de Occidente, a lo largo de veinte siglos de conocimientos y de pensamiento, como una larga historia de la construcción filosófica, cultural y moral de la idea de justicia, en cuanto valor humano que intenta materializarse en las realidades históricas.

 

La historia de la idea de justicia, que aquí no examinaremos en detalle, se inicia con el pensamiento filosófico griego.

 

Desde Aristóteles y Platón en la Grecia clásica (siglo V AnE.), pasando por la extensa literatura jurídica y filosófica romana entre los cuales destaca principalmente M.T. Cicerón, atravesando por pensadores como J.Bodin, T.Hobbes, los utopistas T. Moro y T. Campanella, J. Locke, Montesquieu, Voltaire, J.J. Rousseau, los autores de la revolución y la Independencia de Estados y la Revolución Francesa (siglo XVIII), entre otros, y otros filósofos contemporáneos, contribuyeron a darle una determinada forma histórica a la idea de justicia.

 

Platón afirmaba que la justicia es “dar a cada uno lo suyo”, porque lo suyo de cada uno consiste en que se le trate como lo que es, según su capacidad y preparación, en tanto que lo que él debe a la sociedad es la realización honesta de las tareas requeridas o debidas, según el lugar o puesto que cada uno tiene en ella.  En la filosofía griega, la justicia es el vínculo que mantiene unida a una sociedad, es decir,  una unión armónica de individuos, cada uno de los cuales ha encontrado la ocupación de su vida en función de sus aptitudes, calidades y preparación.  Así, la justicia supone una sociedad en la que cada uno da según lo que es, y recibe según lo que merece.

 

 

De la extensa literatura filosófica referida al tema resulta que sin justicia, no hay democracia posible, no hay libertad que se precie, no hay igualdad; de donde se desprende que el ideal de la justicia, aún cuando no haya sido nunca completamente alcanzado ni realizado en  la sociedad continúa movilizando hasta hoy a las consciencias y las comunidades humanas.

 

La justicia ha sido históricamente definida como la conformidad de una conducta con una norma, o como la eficiencia de una norma, es decir, su capacidad de hacer posibles las relaciones entre los individuos.

 

Así, existen dos definiciones generales de justicia.

 

Analicemos cada una de ellas.

 

 

La justicia como conformidad a una norma

 

En una primera aproximación desde este enfoque filosófico, la justicia es aquella conducta humana que tiende a conformarse o adecuarse a la norma.  El individuo –según ésta concepción- se comporta de un modo justo, en la medida en que cumple, obedece o realiza la norma, sea ésta exterior o moral.

 

La justicia existe porque los individuos se dan a sí mismos ciertas normas y las obedecen.   La justicia así, resulta la conformidad más cercana posible entre la conducta del individuo (sus decisiones, sus actos) y la norma que existe en la sociedad (leyes, derecho, normas morales, culturales, etc.).

 

Si los individuos adaptan su conducta a la norma se busca la igualdad, es decir, se busca la armonía del equilibrio.

 

La justicia resulta ser así una virtud que busca el equilibrio y la armonía entre los individuos, las naciones, los pueblos, los grupos, los Estados.  En virtud de esta justicia, los individuos pueden exigir que se respeten sus derechos, ya que ésta forma de justicia supone que todos los individuos son iguales ante la norma.  Si todos ordenan sus conductas de acuerdo con la norma, es porque se parte de la premisa de que todos son iguales ante la norma.

 

En la concepción de Santo Tomás (siglo XIII), la justicia se puede clasificar en tres formas esenciales, a saber:

 

  1. la justicia conmutativa, que es la encargada de regular las relaciones económicas y sociales entre los individuos;

 

  1. la justicia distributiva, cuya misión esencial es procurar controlar la distribución equitativa de las cargas y beneficios de la sociedad, es decir, la forma de participación de los miembros del cuerpo social en los esfuerzos y beneficios del progreso o el desarrollo; y

 

  1. la justicia legal, que se refiere a la elaboración de las normas jurídicas más justas y adecuadas al desarrollo y bienestar de la sociedad.

 

Por esto, el derecho es el objeto de la justicia.

 

De esta división, se desprende además la concepción de la justicia social que se analiza en el siguiente párrafo.

 

 

 

La justicia como eficacia de la norma

 

En el segundo concepto descrito, la justicia se entiende como la eficacia de la norma, es decir, como la capacidad que tiene la norma para hacer posibles o viables las relaciones humanas.  En este caso, el objeto de la justicia es, inicialmente, la propia norma y su cualidad.

 

La norma es justa, entonces, cuando crea relaciones humanas equitativas, igualitarias.

 

En esta perspectiva, la justicia es la condición cultural, moral y material que hace posible que los individuos puedan funcionar como una sociedad en la que imperan normas comunes y compartidas.

 

La justicia aquí parece desvincularse de su condición moral autónoma, y se traduce en un factor esencial y posibilitador del desarrollo humano.

 

A su vez, la idea de justicia social deriva del concepto de que  la sociedad debe al individuo todos aquellos medios que éste necesita para procurarse una forma de vida digna.  Si la sociedad reconoce que todos los individuos nacen libres e iguales en derechos y deberes, ello supone que todos tienen o deben tener la oportunidad de acceder a los bienes que aseguran dicha igualdad y libertad, mediante su propio esfuerzo y trabajo, es decir, según sus propios méritos.

 

Pero, si el individuo se enfrenta a dificultades y carencias, especialmente como consecuencia de la propia organización económica de la sociedad, para acceder a dichos bienes y recursos socialmente considerados como mínimamente necesarios y dignos, entonces, la sociedad debe suplir tal carencia, mediante las herramientas de la justicia social.

 

Ello significa también, que existe la justicia allí donde se reconoce que la norma, en cuanto emanada legítimamente del cuerpo social o de la autoridad política, garantiza y hace posible la realización de otros valores morales socialmente deseables, tales como la paz o la libertad.  Es decir, la justicia sería posible en tanto en cuanto se ajustaría a un cierto marco de valores morales socialmente reconocidos y compartidos.

 

Según ésta concepción, el individuo es justo en la medida en que reconoce que  las normas que la sociedad ha creado, son adecuadas a su propia realización como ser humano.

 

De acuerdo a estos conceptos, el derecho es el objeto de la justicia, y el derecho es  lo que es debido a alguien, según la relación de igualdad en virtud  de la cual un objeto está ordenado a una persona, y se convierte en suyo propio.

 

De aquí se desprende, en consecuencia, que  el derecho puede ser considerado desde varios puntos de vista: como una realidad objetiva, como una relación con el otro, como una relación de igualdad, como lo que es debido y como el efecto de una ley.

 

La justicia se realiza en el derecho, y el derecho, en cuanto forma de relación con el otro, se manifiesta en una relación de igualdad esencial.  La obra justa es mediadora entre el sujeto del derecho y el sujeto del deber.  Por eso, la justicia es una virtud propia a la relación entre  dos seres o dos objetos, que se reconocen y operan como iguales. Por eso, se dice que por su aspecto racional, el derecho es por excelencia creador del orden social

 

En cuanto relación de igualdad, se manifiesta en que la proporción que la justicia imprime en nuestros actos, es precisamente la igualdad entre dos personas, por la mediación de la cosa justa.  De donde se desprende que el derecho, en cuanto objeto de la justicia, debe estar específicamente constituído por la igualdad.

 

 

 

 

 

LA JUSTICIA COMO VALOR Y NORMA MORAL

 

 

Siendo la justicia una virtud, ella presenta las características propias de toda virtud y comprende además, algún elemento específico que la convierte en distinta de las otras virtudes.

 

A su vez, si la virtud se entiende como un hábito operante hacia el bien, o como un principio de acto bueno se desprende que el hábito se define por su acto y el acto por su objeto.  Ahora bien, si el objeto del acto de justicia es el derecho, es decir, lo que es debido al otro, entonces, el acto de la justicia, o sea, la justicia puesta en acción consiste precisamente en dar a cada uno lo que le es debido.

 

El propósito y uno de los rasgos característicos de la justicia es la alteridad: yo soy justo, o el otro es justo, o ambos seremos justos, en la medida en que nos otorgamos a cada uno lo que al otro le es debido, no solamente por que le es debido en sí, o porque alguna norma lo establece u ordena, sino sobre todo por el puro valor moral de que cada uno debe recibir lo que le corresponde, lo que se le debe dar, por el simple hecho de que es un ser humano al que se le debe algo.  Por eso, la justicia se asocia con el deber.

 

El ser justo es un ser humano justo porque debe ser justo, y dicho deber de justicia nace de su condición moral humana.

 

 

Una conciencia moral justa

 

 

La conciencia moral y la justicia en ella, son valores y actos pura y exclusivamente humanos.

 

La conciencia moral se experimenta humanamente, como un hecho, como un acontecimiento interior en el que se perciben el remordimiento, la satisfacción, el arrepentimiento, el perdón o la duda.    Es decir, la conciencia moral se manifiesta en la forma de ciertos sentimientos.

 

La conciencia moral es un juez que aprecia, en la medida en que se trata de una consciencia que advierte, obliga, prescribe o prohibe antes de la decisión y del acto; y que censura o aprueba después de la acción.

 

La conciencia moral testifica, obliga y juzga.  Esto quiere decir, que, desde la perspectiva de la justicia, la conciencia moral me testifica que soy el autor de  un acto justo, me obliga  en el presente o en el futuro, prescribiendo o prohibiendo que yo haga algo injusto, y me juzga, en el sentido de que aprueba o desaprueba el acto que he realizado, según si haya sido justo o injusto, y puede hacerlo en forma de un juicio moral explícito o mediante el recurso del remordimiento.

 

En la medida en que el primer principio de la ley natural es que debemos hacer el bien y evitar el mal, la conciencia moral no permanece en la región de los principios o de los ideales puros.

 

Por el contrario, para que haya conciencia moral tiene que haber una intención de conocimiento práctico.  La conciencia moral es un acto, por el cual el individuo, en cuanto ser humano, se interroga a sí mismo e interroga a la sociedad que le rodea, acerca de la moralidad de sus actos.

 

En una perspectiva tomista, la conciencia moral designa el sentido innato del bien que emana de la naturaleza humana y su aplicación a la acción.

 

Si radicamos a la justicia como valor en la esfera de la conciencia moral, por lo tanto, puede afirmarse que la conciencia moral justa, es aquella conciencia que designa el sentido innato de la justicia, tal como emana de la naturaleza humana y que tiende a realizarla en la acción.

 

En la esfera de la conciencia moral, la justicia funciona como una búsqueda permanente del equilibrio, de la equidad en los bienes, y en particular,  en la esfera de los derechos y los deberes.

 

 

 

Justicia, igualdad y libertad

 

 

La identificación de la justicia con la libertad fué formulada por E. Kant, en términos tales que afirmaba que “una sociedad en la cual la libertad bajo leyes externas, se enlace en el más alto grado con un poder irresistible, o sea una constitución civil perfectamente justa, es la tarea suprema de la naturaleza, en relación a la especie humana”.

 

La justicia es la igualdad trasladada a la esfera de la moral.  A su vez, la igualdad es la materialización de la justicia en la sociedad concreta. Pero, en la justicia y en su concreción la equidad, el centro es el ser humano.

 

El ser humano asume, aspira y tiende naturalmente, hacia la libertad, hacia la igualdad y hacia alguna forma posible de justicia.

 

La prioridad aquí es el ser humano y su deseo de libertad.

 

La libertad se encuentra con la justicia, allí donde la igualdad se realiza.

 

La justicia es uno de los resultados de la libertad, acaso su fruto más difícil e importante.

 

El ser humano es justo allí donde se realiza su libertad.  Solo el que es libre puede ser justo; solo el que es libre, puede vivir  bajo una condición en la que impera justicia.

 

La justicia es una forma especial de la libertad humana, que se concreta en la igualdad, es decir, en el equilibrio de las posibilidades y los recursos, de las potencialidades y las diferencias.

 

 

 

LA JUSTICIA COMO FUNDAMENTO DE LA PAZ

 

 

Según Santo Tomás, la justicia es definida como la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno según su derecho.

 

A su vez, en la definición de San Agustín, la paz es la tranquilidad del orden, de donde se desprende que la paz es el fruto de la justicia.   De la simple justicia no surge directamente la paz, pero sí desaparecen con ella los obstáculos que la impiden.

 

Por lo tanto, si la paz es un bien general que alcanza a todos, la justicia resulta de ella porque beneficia a cada uno.

 

El orden que pone la justicia, o que es capaz de realizar, es triple: según el orden posible, el orden del todo con sus partes, y el orden de las partes entre sí.

 

La justicia hace posible la paz, porque asegura la armonía entre los miembros de la sociedad, porque la justicia hace posible la realización humana de la equidad, y porque ella asegura la unidad esencial que necesita el cuerpo social para vivir en paz.

 

Lo contrario de la paz es el conflicto, y lo contrario de la justicia es la injusticia.   Mientras dura el conflicto, se instala la injusticia, de manera que la aspiración humana a la justicia como ideal y como voluntad, hace posible la realización de la paz.

 

La paz es el resultado de la justicia, desde el punto de vista de que la paz es el fundamento político y moral que hace posible la cohesión social, y crea las condiciones mínimas necesarias para el diálogo, el consenso y el desarrollo.

 

 

La paz pudiera ser fácilmente definida como una condición en la que no hay guerra o conflictos.  Sin embargo, lo sorprendente que puede observarse es que la historia de la Humanidad presenta una notoria paradoja: todos los seres humanos se han manifestado desear y preferir la paz, y sin embargo, el conflicto y la guerra son realidades omnipresentes.

 

Cuando se examina la historia humana desde el punto de vista de la paz, no puede negarse la persistencia omnipresente del conflicto y la constante polaridad entre momentos o épocas de paz y épocas de guerra.  La paz se contrapone irreductiblemente al conflicto, pero lo asume como una realidad objetiva que se manifiesta en distintos planos de la realidad humana.

 

La paz es lo opuesto a la guerra, pero es algo más que una oposición.

 

Por lo tanto, la paz no es solamente la ausencia de conflicto o de guerra, no es solamente una situación de vacío o un vacuum existencial o histórico.

 

En cambio una parte del valor moral de la paz es que se trata de un ideal humano siempre inconcluso, siempre incompleto; así, estamos en presencia de una utopía que persiste y atraviesa toda la historia de la Humanidad.

 

En cuanto utopía humana hace referencia específicamente a la condición humana, cualquiera sea y más allá de las dimensiones de trascendencia que se desee darle.

 

Es una condición humana (o sea, individual y social) deseable y sustentada en un valor ético, es decir, se trata de un bien moral.

 

La paz puede ser definida en general como una condición y un proceso dinámico donde predominan la armonía, el equilibrio y la estabilidad, y en el que se reúnen ciertas condiciones morales que contribuyen eficazmente a realizarlo, a saber: la dignidad esencial de los seres humanos a los que compromete, la igualdad entre los sujetos participantes, la justicia frente a sus necesidades y aspiraciones, y la  verdad respecto a sus relaciones.

 

Desde su perspectiva en el tiempo, la paz es un proceso, es decir, una secuencia más o menos sucesiva de decisiones, acciones y gestos.

 

Desde el punto de vista del espacio humano, la paz es una manifestación social y cultural dinámica que puede extenderse (ampliarse) o encogerse (reducirse), según el predominio y significación que tenga en la realidad histórica concreta.

 

 

Se ha reconocido que la armonía es un componente esencial de la paz, en cuanto implica normalidad y tranquilidad en las relaciones humanas.

 

El equilibrio es un componente esencial y necesario de la paz, en el sentido de que supone una situación en la que todos los elementos humanos y todas las condiciones materiales son suficiente y aproximadamente similares.

 

La estabilidad es un componente imprescindible de la paz, y significa el predominio de condiciones en las que están garantizadas la seguridad y el funcionamiento normal de las instituciones y las normas.

 

Es necesario reconocer la existencia de dos dimensiones generales de la paz, las que son complementarias entre sí, en cuanto la existencia de una, hace posible la otra.

 

Se habla de la paz interior como una forma específica de armonía que abarca al individuo, en la esfera de su consciencia, y de sus relaciones sociales, y a la sociedad en su condición colectiva (económica, política y social); y se reconoce la paz exterior como una modalidad de concordia caracterizada por el equilibrio y la estabilidad, en la esfera de la sociedad global y de las relaciones internacionales.

 

Desde la perspectiva de su dimensión interior, la paz deviene una virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, que conduce hacia desarrollos superiores de la realización humana, a través de la consciencia, la imaginación y la creatividad.  El ser humano tiene la posibilidad y la facultad de crear sus propios ámbitos de paz interior, desprendiéndose o desvinculándose aunque sea intelectualmente, de la realidad que le rodea.

 

La paz interior es también y sobre todo, un momento de equilibrio del individuo consigo mismo, un instante de ordenamiento de todos los impulsos interiores, lo que lo acerca a la felicidad.

 

A su vez, desde el punto de vista de su dimensión exterior, la paz se funda en la justicia y se relaciona estrechamente con las condiciones objetivas y comprobadas de estabilidad, de seguridad y de equilibrio en  las relaciones entre los actores humanos.  La paz resulta así, una realidad y una percepción común y compartida de dicha realidad.

 

Como se ha dicho, la paz se funda en la justicia, es decir, en la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno según sus méritos y su derecho.  Es necesario reconocer que de la sola justicia no emana directa o automáticamente la paz, pero sí hace posible que se superen los obstáculos que la frenan o impiden.

 

 

Paz y conflicto: las realidades objetivas.

 

La guerra y el conflicto son realidades profundamente humanas que se repiten presistentemente a lo largo de toda la Historia.

 

La historia humana siempre muestra una polaridad absoluta, una ambivalencia total y pendular: a los tiempos de guerra, necesariamente suceden tiempos de paz, y a los tiempos de paz suceden siempre momentos de conflicto.  Ambas realidades subyacen integralmente en la historia, lo que indica que se trata de condiciones que se inscriben en la consciencia humana y en su propio quehacer individual y social.

 

Guerra y paz funcionan a través de dinámicas y de lógicas opuestas.

 

La dinámica de la guerra obedece a una lógica de la confrontación, a una tendencia que conduce hacia el al aplastamiento o eliminación del otro, a una polaridad absoluta e irreductible, en la que “el otro” siempre es un enemigo, o pertenece a un campo opuesto y contrario.  El sentido profundo del conflicto es la oposición y la destrucción del otro.

 

La dinámica de la paz, a su vez, obedece a una lógica que busca el equilibrio, que pretende hacer realidad el encuentro, que se basa en las herramientas del diálogo y la negociación, que recurre a la trabajosa y perseverante elaboración de consensos, y siempre busca encontrar, extender y ampliar los puntos de coincidencia y de acuerdo.  El sentido profundo de la paz es el encuentro, el diálogo y la construcción de convivencias.

 

 

La paz como ideal futuro y como tarea presente.

 

Los seres humanos no se resignan a aceptar el conflicto, como una realidad omnipresente.  Por eso, aspiran a la paz.

 

Del mismo modo, los seres humanos no aceptan que la paz sea solamente una aspiración cuyo horizonte de realización sea el futuro, sino que por el contrario, prefieren y optan para que la paz se materialice en la realidad presente.

 

En materia de paz, sucede lo mismo que con la dinámica de los líquidos: siempre buscan su propio equilibrio. La paz es un estado inestable, aún cuando tiende a la estabilidad.

 

Esto quiere decir que lo que una generación no es capaz o no está dispuesta a reparar y obtener en materia de paz, lo conseguirá siempre alguna generación venidera, cuando haya transcurrido el tiempo suficiente para que se decanten las pasiones y los antagonismos, y la historia tenga la calma y distancia suficiente para escribirse.

 

Muy frecuentemente en la Historia ha sido posible observar que los propios protagonistas de los acontecimientos carecen de la objetividad necesaria para evaluar y juzgar en forma ecuánime los hechos en los que han participado.  Es necesario reconocer que la historia la escriben primero los vencedores, y sólo cuando la re-escriben los derrotados es posible acercarse a la verdad histórica.

 

La paz en la sociedad actual, sólo es posible sobre la base de la más amplia y profunda elucidación de la verdad histórica, pero ésta resulta, entre otros factores, de la decantación gradual y purificadora que produce el paso del tiempo en las consciencias de las personas y en las sociedades.  El futuro de la paz entonces, no depende solamente del presente y de los esfuerzos que hacemos por  resolver los conflictos pendientes, sino también se construye a partir de la constante, dificultosa e interminable escritura y re-escritura de la historia a través del tiempo.

 

El futuro de la paz está inextricablemente ligado al presente, y a la evaluación o lectura que el presente hace respecto del pasado.  No es posible construir la paz del presente, sin reconciliar al ser humano con  el pasado, con la Historia, con su propia historia. La paz de hoy puede reconciliar los conflictos del pasado, en la medida en que las visiones parciales pueden contribuir positivamente a construir una verdad superior.  Las lecciones de la historia sirven en la medida en que la Historia reproduce la verdad, toda la verdad del pasado.

 

En la consciencia moral de los seres humanos de hoy, la paz del futuro sólo tendría sentido en la medida en que se realice la paz en el presente.

 

El anhelo de la paz de hoy encuentra su plena realización humana en el presente, como la etapa necesaria hacia el futuro.

 

 

 

 

Paz,  justicia y  reconciliación como desafíos morales

 

 

Todos los seres humanos, en cuanto seres racionales y dotados de libre albedrío y dignidad, dicen preferir la paz a la guerra, la justicia a la injusticia, la reconciliación al antagonismo.

 

Allí donde no hay justicia, no hay paz.

 

Allí donde no hay libertad, no hay paz.

 

Allí donde la dignidad humana es pisoteada y alterada, no hay paz.

 

Allí donde la justicia no impera, la paz no existe.

 

Allí donde imperan la mentira, el silencio o las verdades parciales, no hay paz.

 

Desde una perspectiva moral, la paz es el resultado final de un largo proceso humano que se desencadena en el conflicto, se prolonga con el arrepentimiento, se continúa con la verdad y la justicia y alcanza hasta la reparación y el perdón.  Solo entonces puede tener lugar la reconciliación.

 

Desde el punto de vista ético, la paz es el resultado moral y social de la verdad.   La verdad es no solamente lo que se corresponde con la realidad, es decir, con los hechos objetivos, sino que es el resultado o la síntesis –siempre provisoria- entre diversas verdades parciales, que se encuentran racionalmente en el transcurso del diálogo, en la comunicación humana. La verdad sustenta y hace posible la paz, en la medida en que pone la realidad de los hechos en el primer plano de la interlocución, y construye una nueva verdad: la que emana de la comunicación entre racionalidades opuestas.

 

La fuerza moral de la verdad hace posible la paz, en la medida en que los interlocutores –a partir de su propia racionalidad- reconocen no solamente su propia parte de verdad, sino que además, la parte de verdad del otro, a fin de alcanzar dicha nueva síntesis.

 

Ninguna ética de la paz se escribe sobre el olvido puro y simple. No hay conflicto ni guerra que no se resuelva mediante una catarsis social y personal, y a través de esfuerzos que tiendan a reparar los daños ocasionados.

 

Se trata entonces de tres momentos sucesivos cuyo resultado o fruto final es la paz, a saber:

 

  1. un primer momento de reconocimiento de la verdad, en cuanto develamiento integral de las responsabilidades y culpabilidades por las faltas anteriores;

 

  1. un segundo momento de ejercicio de la justicia reparadora, en cuanto capacidad humana y social para sancionar dichas faltas; y

 

  1. un tercer momento de reencuentro y reconciliación de los antagonismos, en cuanto predisposición individual y social para no olvidar los agravios anteriores, pero para darlos por superados.

 

En el comienzo de la verdad, está el clamor exterior para que la verdad sea conocida, y el clamor interior que se denomina remordimiento.  El remordimiento de la culpa, aplasta  a la conciencia bajo el peso de la falta y se agrava y profundiza con el paso del tiempo.

 

La reconciliación como proceso hacia la paz, supone volver a conciliar a dos actores que han estado en conflicto y que antes del conflicto estaban conciliados.

 

En la materialización de la paz,  la justicia es el principal fundamento moral y social.

 

No hay paz si no se funda material y moralmente en la realización plena de la justicia.  Todas las formas de justicia concurren a hacer posible la paz.  Si la justicia es la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno su derecho, se trata de un merecimiento que resulta del esfuerzo individual y colectivo para que cada uno reciba de acuerdo a sus méritos y cualidades humanas esenciales.

 

Para que se haga justicia, debe conocerse primero y siempre toda la verdad, en su cruda evidencia, en su doble aspecto contradictorio, en sus dimensiones visibles y ocultas.  Si la verdad surge a través del tiempo histórico, están dadas las condiciones que harán posible que la paz se construya.

 

En el proceso de edificación de la paz, la verdad, la justicia y el reencuentro reconciliador son tres momentos interdependientes dentro de un mismo proceso contínuo: el primer paso es la verdad, toda la verdad posible y necesaria; el segundo paso es la justicia, toda la justicia posible y necesaria; y el tercer paso es la reconciliación, todas las reconciliaciones posibles y necesarias.

 

Después de la guerra, el ser humano necesita la paz.  Después del conflicto, el ser humano necesita la reconciliación.  La guerra o el conflicto permanentes son imposibles de vivir.

 

La reconciliación es el último peldaño humano y moral que conduce hacia la paz.  Se trata de un mutuo reconocimiento: los adversarios de antaño se miran a los ojos y se reconocen primero en tanto en cuanto seres humanos iguales; los enemigos del pasado, reconocen sus profundas diferencias y maduran sus puntos de acuerdo, buscan en sus coincidencias las bases de una comunicación humana eficaz y de una nueva convivencia.

 

 

III

 

LAS DIMENSIONES DE LA LIBERTAD

 

 

El problema moral de la libertad, constituye uno de los interrogantes éticos más apasionantes en la Historia de la Humanidad.

 

El objeto de este capítulo es examinar sus componentes morales actuales y las perspectivas futuras que se ofrecen a un valor que representa una constante filosófica, que proviene históricamente desde los tiempos antiguos.

 

Es posible afirmar que la libertad constituye uno de los fundamentos éticos de la condición humana.  En efecto, no sería posible construir organizadamente la vida social, política o económica, si no se reconociera el principio fundante que afirma que todos los seres humanos están dotados de libertad, solo en virtud de su propia condición humana.

 

 

EL PROBLEMA ETICO DE LA LIBERTAD.

 

 

En torno a la libertad, se han desarrollado los conflictos más amplios y profundos de la Humanidad.

 

Unos la han ensalzado como el valor fundamental de la vida política, otros la han situado en el centro de la realización del Estado e incluso han llegado a inscribirla en las leyes y el Derecho, y otros, por último, han construído verdaderas ideologías y religiones a su alrededor.

 

Una de las virtualidades más apasionantes de la época contemporánea que nos toca vivir, es la posibilidad que tenemos de juzgar hacia atrás el pasado de los seres humanos, y re-escribir continuamente la historia de la libertad y de la Humanidad, a partir del juicio moral del presente.

 

Todos dicen querer la libertad, y esto ya es un valor en sí mismo, pero en su nombre se han cometido los peores crímenes y atrocidades, se han desatado las más desastrosas guerras y se han perpetrado los más horribles crímenes, matanzas y barbaridades humanas.

 

¿Porqué ansiamos tanto la libertad?

 

¿Qué es la libertad?

 

¿Cuáles son las bases morales, los fundamentos éticos de este valor tan singular y tan profundamente humano?

 

Los fundamentos éticos de la libertad como valor, se encuentran en la propia naturaleza humana, en la dignidad inalienable del ser humano, y en su capacidad para intentar superar las condiciones materiales que lo rodean, para alcanzar su realización como persona.

 

Esto significa que la libertad es un atributo esencial e inherente al ser humano, por el solo hecho de existir.  No hay ser humano, si no reside en él una dignidad esencial y una libertad inherente, consustancial.

 

Entendemos aquí la libertad como la capacidad y potencialidad de realización y de autonomía del individuo en su condición individual y social, para guiar su razón y determinar sus actos.   Esto significa que la libertad es a la vez, potencia y acto, razón y acción.

 

 

 

 

LA LIBERTAD COMO ASPIRACION HISTORICA

 

 

En los primitivos tiempos y en la Antiguedad, uno de los principales problemas que enfrentaba la libertad humana era la esclavitud.   Muchos millones de seres humanos vivían prácticamente toda su vida en la condición opresiva de la esclavitud, y por lo tanto, desconocían absolutamente la libertad, incluso respecto de su propio cuerpo.

 

Entre la Antiguedad y la Edad Media, es decir, a lo largo de más de diez siglos, la libertad era un atributo exclusivo y excluyente de una minoría de nobles y monarcas.

 

El primer paso histórico en el camino de la libertad, fué la abolición de la esclavitud y a continuación, durante la Alta Edad Media (siglos XI, XII y XIII) hacia la superación gradual de las ataduras feudales que amarraban a los siervos de la gleba, a la tierra donde vivían y trabajaban.

 

Por eso, a partir de las trágicas herencias de la Antiguedad y el feudalismo, las dos conquistas mayores de la libertad humana fueron la libertad de los cuerpos y de los brazos respecto del trabajo.

 

En aquella prolongada época medieval, la idea del habeas corpus –la que hace posible el pleno respeto a la integridad física de quienes han sido acusados- se fué abriendo lentamente camino en las instituciones estatales y a continuación en la conciencia de los individuos.

 

Al llegar la época de la Ilustración, en el siglo XVII y XVIII, surgió la idea de la conciencia libre y del libre albedrío, del habeas corpus, se conquistó la libertad de conciencia y se edificaron las nuevas naciones sobre la base del ideal de individuos libres, conscientes y racionales: los ciudadanos.

 

En el inicio de los tiempos modernos, se pudo avanzar desde la libertad de los cuerpos y los brazos, ya conquistada, hacia la libertad de las conciencias.

 

Las revoluciones nacionales, desencadenadas desde la Independencia de los Estados Unidos (1776) y la Revolución Francesa (1789) señalaron un punto crucial de quiebre en la construcción política y social de la libertad.

 

Ahora, la libertad pasó a formar parte del acervo cultural de los pueblos, en la medida en que fueron siendo reconocidos los derechos inherentes a la condición humana, los que a continuación se inscribieron en las normas legales y constitucionales de las nuevas repúblicas y naciones independientes.

 

Entre el siglo XVIII y XIX surgieron en Occidente numerosas manifestaciones éticas y políticas de la libertad, entre las cuales las más relevantes fueron las ideas de la libertad de prensa, la libertad de expresión, la libertad de información, y las libertades políticas.

 

Así, entre el siglo XVIII y el siglo XIX, se pasó de la libertad de conciencia a la libertad de los pueblos y las naciones.

 

Como se puede apreciar, la historia de los derechos del hombre, que está siempre presidida por la Libertad, atraviesa todas las edades de las Historia humana, y comienza a encontrar su concreción, en las diversas formas de derechos individuales, sociales y políticos, cuyas raíces se encuentran –como se ha visto- en el siglo XIII en el derecho inglés, en la conquista del  habeas corpus, y en particular desde el siglo XVIII, en los textos de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos, y en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, durante la Revolución Francesa de 1789.

 

El siglo XX, que ha sido el siglo de las más feroces y sofisticadas dictaduras y tiranías, desde el punto de vista de las conquistas de la libertad, se encuentra marcado por la creciente generalización del derecho a sufragio universal, la extensión de la conciencia y valoración de la democracia como un régimen político preferible y deseable, superior a toda forma de opresión o dictadura, en la afirmación de los Derechos Humanos universales, válidos en el plano individual, social, cultural, político y económico.

 

Desde una perspectiva ética, el siglo XX aparece marcado por dos grandes acontecimientos en torno a la libertad: el desarrollo doctrinal e institucional de los Derechos Humanos, y una creciente codificación del Derecho Internacional humanitario, como catálogos superiores e históricos de las libertades humanas  en todas sus dimensiones, y como manifestación de la aspiración permanente y la lucha organizada por la libertad por parte de los individuos, las organizaciones, los pueblos y las naciones.

 

Durante el siglo XX, las libertades han alcanzado las dimensiones profundas de la conciencia humana, de la vida en todas sus formas, del respeto a las especies animales y vegetales que componen la biósfera, y a la valoración de la libertad y la privacidad del individuo, frente a las múltiples formas de manipulación comunicacional ocasionada por los modernos medios tecnológicos de elaboración y transmisión de la información.

 

Del mismo modo, la conciencia moderna en el transcurso de este siglo, ha adquirido una noción más aguda de la significación e importancia de las libertades políticas y sociales para elegir y para disentir, para organizarse y para manifestar, para intervenir y para participar, en la esfera de la vida política, social, cultural y económica.

 

Hoy el ser humano aspira a ser completamente libre, frente a las opresiones del poder, del dinero, de las necesidades, de las miserias, pobrezas y desigualdades.

 

 

 

 

LA CONSTRUCCION  ETICA DE LA LIBERTAD.

 

 

La libertad se encuentra inscrita en la Historia, porque está radicada en primer lugar en la conciencia humana, es decir, en la razón.

 

Aún así, la libertad no se radica solamente en la esfera de la razón.

 

No podría continuar existiendo en la sola esfera del ideal, o de las ideas, porque entonces perdería su significación y su fuerza evocadora y movilizadora, en la conciencia de los individuos y de las colectividades.

 

La libertad es un ideal, pero no solamente un ideal.

 

Para que la libertad tenga consistencia y trascendencia, tiene que realizarse en la Historia, en el devenir concreto y real de los seres humanos. La libertad en cuanto utopía, necesita realizarse en la Historia concreta. Sólo así deja de ser teoría pura.

 

La libertad se realiza en los derechos del hombre.

 

En efecto, desde la perspectiva de la construcción sucesiva de la emancipación humana, la Historia humana es la historia gradual y prolongada del reconocimiento de sus derechos, así como la historia de éstos, es el reflejo jurídico y moral del proceso de la realización gradual del ideal de libertad en la realidad concreta de la sociedad, los grupos y las naciones.

 

La libertad, por lo tanto, es una conquista de la razón humana en la Historia -acaso la más grande conquista moral e intelectual del ser humano- más allá de todo Estado, de todo poder, de toda dictadura, de toda dominación, de todo control, de toda opresión objetiva o subjetiva.

 

El punto de equilibrio histórico e individual de la libertad es la responsabilidad, así como el de los derechos son los deberes.   Posiblemente, otras especies vivas son también libres como el ser humano, pero éste es el único ser que, siendo consciente de su libertad es completamente responsable de lo que sea capaz de hacer con ella.

 

Todo acto de libertad, es un acto de responsabilidad.

 

En la Historia la libertad se encuentra con la justicia, allí donde la justicia respeta la libertad y donde ésta es la base de la convivencia humana y social, y de la organización política.

 

Por eso, se puede afirmar que el apellido de la libertad es la responsabilidad, es decir, la obligación moral que la conciencia humana asume como propia.

 

La libertad es el fruto siempre incompleto, de una lucha personal y colectiva, de un esfuerzo humano, de una búsqueda consciente, de una organización que se mueve y moviliza, de un programa que trata de alcanzarla. Y el primer paso de la razón humana en dirección de la libertad, es conquistar la libertad de la propia razón, de la propia consciencia, de las propias capacidades, limitaciones y potencialidades para buscar la realización personal.

 

Desde el punto de vista de la relación libertad-responsabilidad, la justicia es siempre una voluntad y un acto permanente de reparación y castigo, cuando se han cometido faltas o delitos, sin importar el tiempo o la distancia que medie entre el juzgador y el juzgado.

 

 

En la sociedad moderna, el ser humano está frente a enormes posibilidades de realización de su libertad, pero al mismo tiempo, se enfrenta a formidables obstáculos, formas de dominación y de opresión.   Así, puede abrirse al conocimiento, al saber, al desarrollo casi infinito de su inteligencia, de su realización material, lo que se refleja en la enorme complejidad y variedad del progreso científico y tecnológico de la sociedad contemporánea.

 

Pero, al mismo tiempo, el ser humano posee los medios más formidables de destrucción, no solo de la civilización material, sino incluso de la vida humana, de todas las formas de vida que existen sobre el planeta.

 

Por eso, puede afirmarse que, una vez que la modernidad ha mostrado sus frutos y contradicciones, el valor y la aspiración a la libertad permanecen incólumes.

 

La libertad, especialmente en la sociedad moderna y en el futuro, se enfrentará probablemente así a dos dificultades mayores:

 

  1. la búsqueda interior de identidad del ser humano, en un mundo moderno pleno de recursos materiales, pero carente de ideales o valores importantes o significativos; y

 

  1. las exigencias de la condición social, que imponen al individuo, crecientes formas de control, vigilancia, adiestramiento y socialización que van condicionando su libertad.

 

La libertad es un valor absoluto, en cuanto es la condición primera y fundamental para la vida humana, tanto en su dimensión individual de pensamiento, reflexión, razón e inteligencia, como en su dimensión social de participación, diversidad, pluralismo y justicia.

 

En cuanto dimensión  de la conciencia humana, la libertad se inicia en la razón, es decir, nace consciente y racional.  Esto significa entonces, que somos libres para crear e imaginar, para obedecer y construir legitimidades, para desobedecer y resistir el poder injusto o inmoral, para consentir y para discrepar, para emanciparse de todo tutelaje intelectual.

 

La libertad es el reino de las posibilidades y del futuro, y por lo tanto es el resultado de la voluntad.

 

Yo soy libre, porque elijo vivir en el reino de la libertad, es decir, en una sociedad libre.  Es decir, mi libertad es el resultado de la responsabilidad con la que vivo en el mundo real que me toca vivir, pero en primera y última instancia, sólo yo -en cuanto ser humano- soy libre para asumir mi propia libertad.

 

Yo soy libre, porque voluntariamente elijo vivir en libertad, porque construyo responsablemente mi propia libertad, a pesar de las diversas formas de dominación que me rodean, y si dejo de ser libre, es que yo he elegido voluntariamente las cadenas (lo que es propio también de mi libre albedrío), o que un poder injusto y opresivo superior, pretende imponerse sobre mi consciencia y sobre mi ser.

 

 

En cuanto forma esencial de la  autodeterminación, la libertad  señala a cada ser humano, sus propios límites y sus propios horizontes, le indica el camino de su autonomía relativa, y se convierte por lo tanto, en el contenido esencial de su independencia intelectual y moral.

 

 

Esto explica porqué, la libertad humana es siempre un proyecto inconcluso, una utopía que no termina de ser alcanzada.

 

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

(Esta bibliografía contiene las principales fuentes bibliográficas utilizadas para la elaboración de este ensayo)

 

 

 

Abbagnano, N.: Diccionario de Filosofía.  México, 1996.  Fondo de Cultura Económica.  (1.207 p.)

 

Bréhier, E.: Historia de la Filosofía.  B. Aires, 1956.  Ed. Sudamericana. (3 vols.)

 

Chatelet, F.: Histoire des Idées Politiques.  Paris, 1989.  Presses Universitaires de France.  (327 p.)

 

Guardini, R.: La muerte de Sócrates.  B. Aires, 1997.  Emecé Editores.   (317 p.)

 

Sabine, G.: Historia de la teoría política.  México, 1994.  Fondo de Cultura Económica.  (697 p.)

 

Simon, R.: Moral.  Barcelona, 1987.  Ed. Herder.  (433 p.)

 

Wundt, G.: Etica.  Una investigación de los hechos y leyes de la vida moral.  Madrid, 1917.  Daniel Jorro Editor. (2 vols.)

 

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